Sus amigos del barrio, los de siempre, los que lo acompañan desde que pateaba pelotas en la vereda (mal, por cierto) y los que tal vez lo llorarán en la tumba, lo llaman así desde que una mina lo basureó en el boliche de moda. "Ay, sos bajito y feo. Pareces una migajita". Tuvo la mala suerte de que El Negro estaba al lado y escuchó. Todos lo supieron en segundos…
Encajaba perfecto. Pocas veces tan bien puesto un apodo. Sus escasos 160 centímetros contornean una figura desgarbada, desprolija y desprovista de todo tipo de encantos. Es bueno, casi como el pan, pero no tanto. De tan chiquito no llega a ser migaja. Y, para completar, muestra una bipolaridad llamativa entre una sobria adultez matizada con acciones infantiles. Sus amigos, los del barrio, los que nunca lo toman en serio, no entienden como tiene una colección completa de películas de Disney, Pixar y cualquier dibujito animado que salte a la pantalla grande. De Woody a Wall-e, todos.
"Negro, tengo un problema", le dijo pocos días atrás en el café de la esquina. "¿Qué te pasa, Miga?", le preguntó el Negro sin sacar la vista del Olé. "Me dejó Lorena. No sé, dijo que se fue el amor. Para mí tiene otro". Casi sin perturbarse, apenas levantando la viste de la información de Racing, le contestó: "Mejor, pelotudo. Esa mina te estaba zarpando. Pagate una puta y listo. Te recomiendo la del pent-house de Recoleta. Anotá el número".
Migajita agarró una servilleta y copió. Por inercia, no por convicción. Nunca en su vida había pagado una puta. Aunque ese no era el problema. "La extraño, Negro. Se fue hace tres semanas. Es la única mujer de mi vida. Es la mujer de mi vida… No le dije a nadie porque los muchachos me cargan siempre. Pero la extraño". Ahora sí El Negro dejó el diario deportivo a un lado. Lo miró fijo, le dio una cachetada sonora y le espetó: "Es una mina. Hay muchas. ¡Reaccioná!".
Migajita pensó que se había equivocado en contarle al Negro. Pero, ¿a quién más? La vieja está vieja. Con su hermano no se habla desde la muerte del padre. Con el psicólogo no va para adelante y sí va para atrás. Los otros muchachos, Rodri, Pilu y Juancito, se le hubieran cagado de risa en la cara. Aunque sea el Negro lo escuchó, aunque no tuvo la respuesta esperada y la cachetada dolió.
Al mes, justo al mes del portazo de Lorena, Migajita se preparó para una gran tarde de sábado. Compró un kilo de helado, mitad de sambayón y mitad de cerezas, y sacó de la videoteca tres clásicos de los clásicos: Nemo, Cars e Hijitus. Siempre le gustó Hijitus. Hasta le salía bien la voz de Larguirucho y su "blá más fuerte, que no te escucho". Cuando el pote estaba por la mitad, sonó el telefóno: "Miga, salí de ese encierro, pelotudo. Te vas a morir de tanta paja que te hacés. Mirá, llamé a la puta del Penthouse y te espera en una hora. ¡Qué amigo tenés!". Imposible explicarle al Negro que no había ganas de nada, ni siquiera de masturbarse.
La escena se repitió al mes siguiente. Esta vez, el Negro lo amenazó: "Si la dejás clavada de nuevo la mina no me atiende más. Y yo a vos te cago a piñas". Migajita agarró la última remera que compró, la de Le Era del Hielo 3, la campera, se peinó para atrás y salió rumbo a Recoleta. Décimo piso de un edificio de 10. "Pasá", le dijo. "Está bueno, eh", fue lo primero que salió de la tímida boca de Migajita elogiando el bulo. "¡Mirá que buena vista!". Jamás le hubiera dicho nada a ella, la puta, pese a que desbordaba sexualidad y belleza por cada uno de sus poros.
"Ponete cómodo, Miga", lo invitó. Trabajadora talentosa e incansable, esta vez falló. "Perdóname. Vos sos hermosa. Tenés una tetas muy lindas. Pero justo hoy, hace dos meses, se fue Lorena. Y la extraño. No sé, la extraño. Mucho. ¿Soy muy boludo, no? Mejor me voy".
Llorando despacito como para no molestar, Migajita se puso los calzoncillos, los pantalones, la remera, los mocasines lustrados, y se fue. Llegó a planta baja, le agarró frío, y se dio cuenta que se había olvidado la campera. Subió, tocó timbre, y sin levantar la vista por la vergüenza que tenía, le rogó: "Por favor, me olvidé la campera". Escuchó el ruido de sus tacos ir y volver. Agarró la campera, dio medio vuelta y sin despegar los ojos del piso, llamó al ascensor. "¿Me invitás?". "Qué?". "Sí, Miga, si me invitas al cine". "¿Qué?". "La Era del Hielo 3, no la vi. ¿Vos la viste?". "Cinco veces. Pero no entendí el final... Es un chiste". "¡Ja, ja, ja! Vení mañana a las 19 que termino de laburar y vamos".
Migajita se fue con la sonrisa más grande de su vida. Dos cuadras después, sonó su celular, con la música de Los Simpsons. "¿Cogiste, pelotudo?", le preguntó El Negro. "No. Algo mucho mejor. Pero dejá, no lo vas a entender".
Esa noche, se masturbó como nunca antes lo había hecho. Y se durmió mientras miraba Monsters Inc...
jueves, 13 de agosto de 2009
miércoles, 12 de agosto de 2009
Torno
Desde hace un mes, la lista de compras semanales en el almacén que todo lo vende, el que queda a la vuelta de la esquina, ha sufrido algún cambio. Están los pedidos de siempre:
- Una caja de curitas (este es el corazón; a veces por necesidad, otras por las dudas).
- Un ventilador que de muuuuuuuuuucho aire (estos son los pulmones, vagos ellos).
- Caja de aspirinas (esta es la cabeza: piensa siempre más y más...).
- Vendas (estos son los tobillos que piden coherencia entre la edad del documento y la cantidad de partidos de fútbol semanales).
- ***** (pene, censurado).
- 100 kilos de langostinos (la debilidad de don estómago).
- **+´+}asi**!!de!!grandes?!?!?¡¡?”¡? (otra vez censura para el pene).
- Un sobrecito de estilo (el pelo despeinado).
- Mertiolate (las todillas, en sintonía con los tobillos).
- Un torno.
Aquí una pausa. Todos los pedidos resultan medianamente frecuentes y lógicos. Menos el último. En estas semanas, el pedido se repitió. Cada vez con mayor insisencia. Hata que el último fue con tono imperativo. El pizarrón donde cada uno anota su necesidad, tenía un agregado: "¡Torno, paparrucho! ¡TORNO!".
No hizo falta decir más. El páncreas confesó. El colmillo lo denunció por intento de homicidio. Páncreas gritó: "Sos el jefe de una asociación ilícita dedicada a escribir cuentos con palabras que son unas paparruchadas. Mañana es viernes... Tené cuidado". Y se fue corriendo porque empezaba Alf, su serie favorita.
- Una caja de curitas (este es el corazón; a veces por necesidad, otras por las dudas).
- Un ventilador que de muuuuuuuuuucho aire (estos son los pulmones, vagos ellos).
- Caja de aspirinas (esta es la cabeza: piensa siempre más y más...).
- Vendas (estos son los tobillos que piden coherencia entre la edad del documento y la cantidad de partidos de fútbol semanales).
- ***** (pene, censurado).
- 100 kilos de langostinos (la debilidad de don estómago).
- **+´+}asi**!!de!!grandes?!?!?¡¡?”¡? (otra vez censura para el pene).
- Un sobrecito de estilo (el pelo despeinado).
- Mertiolate (las todillas, en sintonía con los tobillos).
- Un torno.
Aquí una pausa. Todos los pedidos resultan medianamente frecuentes y lógicos. Menos el último. En estas semanas, el pedido se repitió. Cada vez con mayor insisencia. Hata que el último fue con tono imperativo. El pizarrón donde cada uno anota su necesidad, tenía un agregado: "¡Torno, paparrucho! ¡TORNO!".
No hizo falta decir más. El páncreas confesó. El colmillo lo denunció por intento de homicidio. Páncreas gritó: "Sos el jefe de una asociación ilícita dedicada a escribir cuentos con palabras que son unas paparruchadas. Mañana es viernes... Tené cuidado". Y se fue corriendo porque empezaba Alf, su serie favorita.
lunes, 10 de agosto de 2009
Nahuelito
Las vueltas de la vida, un capricho del destino y ese avión que tan mansamente voló, llevó a estos ojos a esa ventana por un fin de semana. Del otro lado del vidrio, el Nahuel Huapi en todo su esplendor. Y un misterio que no es tal: en sus profunidades se puede confirmar que vive Nahuelito, el famoso monstruo. Sólo que no quiere sacar su cabeza a la superficie.
"Tengo 27 años. Nací en San Pedro, vivi en Rosario. Vine acá para ser chef, me compré la camionetita y ahora soy remisero para ganarme el mango", relata el primer chofer rumbo al Cerro Bayo, la meca donde van los peregrinos que visitan Villa La Angostura. Usa una boina algo extrafalaria, y habla con una mezcla de calma y resignación. "Acá no pasa nada. Si queremos algo más de vida nos vamos a Bari", dice. Bob Marley canta en su auto...
En la base del Cerro, Malin recibe a los invitados vip con la mejor sonrisa sueca. "Vine hace varios años a vivir a Argentina. Primero Buenos Aires. Y desde febrero estoy acá. Este país invita a quedarse", cuenta en un perfecto castellano. De fondo, en los parlantes, la voz nasal de Luis Alfa, el cantante de Resistencia Suburbana, se hace dueña de lugar.
Arriba en la montaña, allá donde el blanco gobierna, el frío se siente menos. Será que a veces el clima es un estado del alma. Será que una sonrisa abriga más que el mejor pulover. Y será que 1500 metros más cerca del cielo, las sonrisas parecen estar hechas de lana...
Primero el patriarca Marley, después el reggae combativo de Resistencia, ahora, entre tanta nieve y tanto esquí, le toca a Nonpalidece y su estilo más bailable a puro caño. Quien diría: reggae en la nieve, del calor de Jamaica al frío de Villa La Angostura...
Allí, debajo del lago, Nahuelito debe tener su loft. En el parlante submarino suena Peter Tosh y un compilado con los mejores reggaes de Sumo. El abominable bicho de tres cabezas, seis piernas, cuatro páncreas y cinco penes, mira la superficie, y susurra: "De acá no me muevo". Y se prepara un buen sandwich de milanesa. Es feliz. Cada uno intenta ser feliz a su manera.
"Tengo 27 años. Nací en San Pedro, vivi en Rosario. Vine acá para ser chef, me compré la camionetita y ahora soy remisero para ganarme el mango", relata el primer chofer rumbo al Cerro Bayo, la meca donde van los peregrinos que visitan Villa La Angostura. Usa una boina algo extrafalaria, y habla con una mezcla de calma y resignación. "Acá no pasa nada. Si queremos algo más de vida nos vamos a Bari", dice. Bob Marley canta en su auto...
En la base del Cerro, Malin recibe a los invitados vip con la mejor sonrisa sueca. "Vine hace varios años a vivir a Argentina. Primero Buenos Aires. Y desde febrero estoy acá. Este país invita a quedarse", cuenta en un perfecto castellano. De fondo, en los parlantes, la voz nasal de Luis Alfa, el cantante de Resistencia Suburbana, se hace dueña de lugar.
Arriba en la montaña, allá donde el blanco gobierna, el frío se siente menos. Será que a veces el clima es un estado del alma. Será que una sonrisa abriga más que el mejor pulover. Y será que 1500 metros más cerca del cielo, las sonrisas parecen estar hechas de lana...
Primero el patriarca Marley, después el reggae combativo de Resistencia, ahora, entre tanta nieve y tanto esquí, le toca a Nonpalidece y su estilo más bailable a puro caño. Quien diría: reggae en la nieve, del calor de Jamaica al frío de Villa La Angostura...
Allí, debajo del lago, Nahuelito debe tener su loft. En el parlante submarino suena Peter Tosh y un compilado con los mejores reggaes de Sumo. El abominable bicho de tres cabezas, seis piernas, cuatro páncreas y cinco penes, mira la superficie, y susurra: "De acá no me muevo". Y se prepara un buen sandwich de milanesa. Es feliz. Cada uno intenta ser feliz a su manera.
jueves, 6 de agosto de 2009
RG 3: Turra
La luna luchaba cuerpo a cuerpo contra las nubes de tormenta. El viento, enojado, golpeaba contra el muelle y sacudía las viejas maderas. Las olas del río repiqueteaban contra el paredón, y contra sus alpargatas gastadas. Arriba, un jean viejo y manchado, una remera agujereada y un pulóver deshilachado. La mirada perdida en la marea que va y viene. La búsqueda interna de la última razón para dar el gran salto hacia el final…
-Ey, ¿qué haces ahí?
-Yo, eh… ¿Y vos qué haces ahí también, parado a punto de tirarte al río?
-Yo pregunté primero.
-Me voy a matar, pelotudo, ¿qué te pensás, que estoy jugando a la escondida?
-¡Que forro que sos!
-¡Sí vos estás en la misma! ¡Forro! ¿Ahí a la vueltita juegan a la escondida? ¿Hay muchos atrás tuyo? ¿O porqué estás parado en la misma cornisa?
-Eh… No. No sé. Bueno, sí. Me quiero matar. No aguanto más…
-¿Una mujer?
-Sí, una mina… Le digo la turra.
-Jajajaja.
-¿De qué te reís, pelotudazo?
-Ja… Es que a la mía también la llamo la turra.
-¿Por qué?
-Me engaña. Hace tiempo. Lo sé…. ¿Y vos?
-Yo soy su amante. Dice que lo va a dejar, pero no lo deja.
-¡Dejala vos!
-No puedo, tiene la sonrisa más linda del mundo…
-(ring, ring…) Para, tengo un mensaje, no te escuché. ¡Mirá, es la turra! ¡Que si voy temprano le lleve helado! ¡Hija de puta! Yo por saltar y ella me pide helado!
-Igual no ibas a saltar. No tenés huevos.
-¿Qué decís, boludo?
-Das muchas vueltas. El que se quiere matar pasa el cartel de prohibido pasar, corre y se tira de cabeza... Che, ¿y vos porqué no la mandás a la concha de su hermana si te engaña?
-No puedo… No tengo esa fuerza.
-Cagón… ¡Ponele un detective, hacele juicio y listo!
-No puedo. Ella es… Me parece… Siento… Es que tiene la sonrisa más linda del mundo.
-(Cri, cri, cri, cri…) Para que ahora es mi celular… ¡Es la turra! ¡Mi turra! ¡Me pide que almorcemos sushi! Claro, como el marido trabaja todo el día y yo no…
-¿Qué haces de tu vida?
-Profesor de tenis.
-Que sorete debés ser, ja… ¿Pero no te coges otras minas?
-Sí, pero esta es… Especial.
-Uy, boludo, que ola de mierda. Me moje todos los pantalones.
-Yo me estoy cagando de frío.
-…
-…
-…
-Che, que olor… Los choris de ese carrito de ahí son buenísimos.
-Sí, hasta el chimi es especial.
-Te invito.
-Dale, subamos y salgamos.
-Uy, boludo… casi me caigo. Jajajaja… Si me caigo me mato.
-¿Y no era eso lo que ibas a hacer?
-Ja, sí… ¿Qué loco, no?
-Somos dos pelotudos… ¡Ja!
-¡Mira este pibe que va con caña de pescar a la punta del muelle a esta hora!
-¡Chau flaco! ¡Abrigate!
Ya con medio muelle recorrido en dirección a la avenida, la charla se interrumpió por un ruido de chapa rebotando contra el piso. El cartel de prohibido pasar yacía en la madera vencida. Lo último que vieron fue a un hombre de unos 30 años correr y tirarse de cabeza al río. Fueron los únicos testigos del suicidio. La luna ya estaba vencida por las nubes. Prefectura encontró el cadáver al otro día. En su billetera tenía una foto de una chica hermosa, feliz, mostrando sus blancos dientes. "La dueña de la sonrisa más linda del mundo", decía. Estaba su documento y unos 15 pesos. Un delivery de sushi y otro de helado. Y el carnet de Vélez…
-Ey, ¿qué haces ahí?
-Yo, eh… ¿Y vos qué haces ahí también, parado a punto de tirarte al río?
-Yo pregunté primero.
-Me voy a matar, pelotudo, ¿qué te pensás, que estoy jugando a la escondida?
-¡Que forro que sos!
-¡Sí vos estás en la misma! ¡Forro! ¿Ahí a la vueltita juegan a la escondida? ¿Hay muchos atrás tuyo? ¿O porqué estás parado en la misma cornisa?
-Eh… No. No sé. Bueno, sí. Me quiero matar. No aguanto más…
-¿Una mujer?
-Sí, una mina… Le digo la turra.
-Jajajaja.
-¿De qué te reís, pelotudazo?
-Ja… Es que a la mía también la llamo la turra.
-¿Por qué?
-Me engaña. Hace tiempo. Lo sé…. ¿Y vos?
-Yo soy su amante. Dice que lo va a dejar, pero no lo deja.
-¡Dejala vos!
-No puedo, tiene la sonrisa más linda del mundo…
-(ring, ring…) Para, tengo un mensaje, no te escuché. ¡Mirá, es la turra! ¡Que si voy temprano le lleve helado! ¡Hija de puta! Yo por saltar y ella me pide helado!
-Igual no ibas a saltar. No tenés huevos.
-¿Qué decís, boludo?
-Das muchas vueltas. El que se quiere matar pasa el cartel de prohibido pasar, corre y se tira de cabeza... Che, ¿y vos porqué no la mandás a la concha de su hermana si te engaña?
-No puedo… No tengo esa fuerza.
-Cagón… ¡Ponele un detective, hacele juicio y listo!
-No puedo. Ella es… Me parece… Siento… Es que tiene la sonrisa más linda del mundo.
-(Cri, cri, cri, cri…) Para que ahora es mi celular… ¡Es la turra! ¡Mi turra! ¡Me pide que almorcemos sushi! Claro, como el marido trabaja todo el día y yo no…
-¿Qué haces de tu vida?
-Profesor de tenis.
-Que sorete debés ser, ja… ¿Pero no te coges otras minas?
-Sí, pero esta es… Especial.
-Uy, boludo, que ola de mierda. Me moje todos los pantalones.
-Yo me estoy cagando de frío.
-…
-…
-…
-Che, que olor… Los choris de ese carrito de ahí son buenísimos.
-Sí, hasta el chimi es especial.
-Te invito.
-Dale, subamos y salgamos.
-Uy, boludo… casi me caigo. Jajajaja… Si me caigo me mato.
-¿Y no era eso lo que ibas a hacer?
-Ja, sí… ¿Qué loco, no?
-Somos dos pelotudos… ¡Ja!
-¡Mira este pibe que va con caña de pescar a la punta del muelle a esta hora!
-¡Chau flaco! ¡Abrigate!
Ya con medio muelle recorrido en dirección a la avenida, la charla se interrumpió por un ruido de chapa rebotando contra el piso. El cartel de prohibido pasar yacía en la madera vencida. Lo último que vieron fue a un hombre de unos 30 años correr y tirarse de cabeza al río. Fueron los únicos testigos del suicidio. La luna ya estaba vencida por las nubes. Prefectura encontró el cadáver al otro día. En su billetera tenía una foto de una chica hermosa, feliz, mostrando sus blancos dientes. "La dueña de la sonrisa más linda del mundo", decía. Estaba su documento y unos 15 pesos. Un delivery de sushi y otro de helado. Y el carnet de Vélez…
miércoles, 5 de agosto de 2009
Bomba
"Hola. Hay una bomba en su cuerpo. Desalojen todo o estalla. Repito: voy a hacer estallar esa paparruchada que tienen como cuerpo".
Reunión de urgencia. Todos al salón principal. Organos, músculos, huesos, líquidos. Colmillo fue el orador: "Ya oyeron, por precaución, todos afuera". "¿Pero cómo nos vamos a ir?", inquirió el riñón. "Callate vos, ¡transplantable! No digas paparruchadas…".
La palabra mágica. La misma que se dijo en la amenaza. "Fuiste vos, páncreas", atacó colmillo, y luego ordenó: "Seguridad corporal, llévenselo". Ahí iba páncreas, arrestado, a punto de ser expulsado del cuerpo, cuando la lengua advirtió: "Ey, muchachos, miren que según lo que leí en una revista de medicina, no podemos vivir sin él. O algo así…".
Silencio en la sala. "Suéltenlo…", ordenó resignado el colmillo. "Jajajajajajaja -se jactó páncreas-. Y más vale que lo de este viernes no sea otra paparuchada. Basta de cuentos burdos. Basta o… explota la bomba. Jajajajajajaja".
Reunión de urgencia. Todos al salón principal. Organos, músculos, huesos, líquidos. Colmillo fue el orador: "Ya oyeron, por precaución, todos afuera". "¿Pero cómo nos vamos a ir?", inquirió el riñón. "Callate vos, ¡transplantable! No digas paparruchadas…".
La palabra mágica. La misma que se dijo en la amenaza. "Fuiste vos, páncreas", atacó colmillo, y luego ordenó: "Seguridad corporal, llévenselo". Ahí iba páncreas, arrestado, a punto de ser expulsado del cuerpo, cuando la lengua advirtió: "Ey, muchachos, miren que según lo que leí en una revista de medicina, no podemos vivir sin él. O algo así…".
Silencio en la sala. "Suéltenlo…", ordenó resignado el colmillo. "Jajajajajajaja -se jactó páncreas-. Y más vale que lo de este viernes no sea otra paparuchada. Basta de cuentos burdos. Basta o… explota la bomba. Jajajajajajaja".
lunes, 3 de agosto de 2009
Ruleta
X saltimbanquea en la vida de riesgo en riesgo, de cambio en cambio. Z le hace un culto al mundo standard, sin curvas peligrosas ni dudosos atajos.
X tiene un prontuario medianamente intenso con los juegos al azar y las apuestas. Z no tienta a la suerte: ni siquiera la tutea.
X tiene su estilo: una serie de números de los que nunca se distrae. Su lógica. Z mira la ruleta y sigue su instinto: tac, tac, tac y tac. Sin lógica. X pierde. Z gana.
"Si jugás siempre lo mismo, así nunca te divertís", filosofa Z. "¡Pero son mis números!", se defiende X. "¿Y cuál es la gracia de hacer siempre lo mismo?", interroga Z con la fuerza de un golpe al mentón.
La ruleta de la vida. No hay reglas universales. Ganar o perder. Y la pelota que gira y gira.
X tiene un prontuario medianamente intenso con los juegos al azar y las apuestas. Z no tienta a la suerte: ni siquiera la tutea.
X tiene su estilo: una serie de números de los que nunca se distrae. Su lógica. Z mira la ruleta y sigue su instinto: tac, tac, tac y tac. Sin lógica. X pierde. Z gana.
"Si jugás siempre lo mismo, así nunca te divertís", filosofa Z. "¡Pero son mis números!", se defiende X. "¿Y cuál es la gracia de hacer siempre lo mismo?", interroga Z con la fuerza de un golpe al mentón.
La ruleta de la vida. No hay reglas universales. Ganar o perder. Y la pelota que gira y gira.
domingo, 2 de agosto de 2009
Canciones
Las ideas se amontonan. Hacen cola en la fila de salida. Algunas, pícaras, intentan ganar algunos lugares haciendo trampas. Sí, hay ideas tramposas. Muy.
Pero esas ideas aceleradas, ansiosas, revoltosas, impacientes, intempestuosas, valientes y cobardes, puras y oscuras, claras y confusas, todas esas ideas, quedarán guardadas por un rato. Protestan. Refunfuñan. Gruñen. Vomitan su bronca.
A esta hora, con la luna bailando su madrugada, cuando se pretendía filosofar sobre la vida, don destino cambió de rumbo. Entonces, algunas canciones que estaban por ahí perdidas reaparecieron. Y algunos sensaciones que estaban por ahí desparramadas se agolparon en la puerta de salida.
Allí, luchando, en el mismo espacio, ideas y canciones. Canciones e ideas. La música vence. Ponga play, maestro...
"A un cadete acostumbrado a las corridas...."
Pero esas ideas aceleradas, ansiosas, revoltosas, impacientes, intempestuosas, valientes y cobardes, puras y oscuras, claras y confusas, todas esas ideas, quedarán guardadas por un rato. Protestan. Refunfuñan. Gruñen. Vomitan su bronca.
A esta hora, con la luna bailando su madrugada, cuando se pretendía filosofar sobre la vida, don destino cambió de rumbo. Entonces, algunas canciones que estaban por ahí perdidas reaparecieron. Y algunos sensaciones que estaban por ahí desparramadas se agolparon en la puerta de salida.
Allí, luchando, en el mismo espacio, ideas y canciones. Canciones e ideas. La música vence. Ponga play, maestro...
"A un cadete acostumbrado a las corridas...."
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