Allá lejos en el tiempo, cuando el periodismo era un juego y no un futuro, cuando las letras en el teclado relucían y no aparecían gastaditas como hoy, cuando la vida era otra vida, ahí, enfrente, en ese café de San Telmo estuvo sentado Bobby Flores. Era toda una aventura eso del grabador, del cassette, de las preguntas, de las respuestas. Era todo una aventura eso de aprender a escuchar, de interpretar, de reportear.
Eso. Será eso. Aprender a escuchar. Y retener palabras, momentos, historias, anécdotas. "En el peor momento de mi vida, le conté todo a un borracho de Plaza Congreso. El tipo me miró y me dijo: 'Cambiá'. Nada más que eso. Y yo cambié". Flores para la esencia de las cosas.
La palabra justa. El momento justo. El desconocido ideal. A veces el mejor gesto, la palabra deseada, el empujón esperado, nacen de quien menos se lo espere... Ese borracho. U otro. O algún alma que pasa por nuestras vidas un puñado de minutos y deja su huella por siempre. Inolvidables.
domingo, 30 de agosto de 2009
jueves, 27 de agosto de 2009
RG 6: Dulcinea en el bar del infierno
Dulcinea temblaba. Bah, no se llamaba Dulcinea, pero le decían así. Bah, tampoco le gustaba que le digan así, pero ya estaba acostumbrada. Pero eso sí: Dulcinea temblaba. Mucho. Demasiado.
Parada en la puerta del bar del infierno, su cuerpo tiritaba. No había viento y el sol brillaba. Pero ella tiritaba como un pichón sin nido. No era frío. Era miedo. No, tampoco era miedo. Era pánico.
"¿Entramos, bonita?". Apenas escuchó la voz. Apenas. La puerta vaivén seguía cerrada. Por su cabeza desfilaban varias puertas más. Unas metálics. Otras de madera. Grandes, chicas, medianas. Algunas rechinaban, otras brillaban relucientes.
Pero las puertas no son distintas por sus formas. Son distintas por lo que esconden. Nada más mentiroso en el mundo que una hermosa puerta que promete la entrada al paraíso y dentro esconde el pantano más horrendo. Malditas puertas que invitan a cielos celestes y noches estrelladas, y que en su interior sólo tienen nubes, nubes y más nubes. Y tormentas. Temerosas tormentas.
Dulcinea sabía de puertas. Mucho. Demasiado. Sabía de puertas mentirosas, de puertas con promesas de Quijotes que finalmente escondían peligrosas aspas de molino. Abrió, abrió y abrió. Y después desesperada tuvo que buscar los cartelitos verdes de las salidas de emergencia. Tantas puertas hipócritas la habían hecho experta en fobias. Un curso acelerado que nunca quiso realizar. Pero la vida, insobornablemente terca, da clase de lo que quiere sin pedir permiso. Y maneja a sus alumnos como marionetas a merced de los hilos de su antojo. Enseña lo que nadie quiere aprender. Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida...
Por eso, paradita en la puerta del bar del infierno, Dulcinea temblaba sin parar. Eso sí: no loraba. Le habían enseñado un truco para que las lágrimas no se escapen. Y lo sabía de memoria. Además, tarareaba una canción que la sentía como propia: "Si me cansé de llorar, fue porque en las lágrimas no encontré salida".
"¿Entramos, bonita?". Le tomaron la mano y le abrieron la puerta. Cerró los ojos y juntó coraje. Caminó dos metros y se dejó llevar. Se animó a mirar. De a poco. Muy lentamente. El infierno tenía luz. Linda luz. Y flores. Y paredes coloridas. Y música. Y una voz que le decía:
-¿Qué querés tomar?
-No sé, lo que vos pidas va a estar bien...
Parada en la puerta del bar del infierno, su cuerpo tiritaba. No había viento y el sol brillaba. Pero ella tiritaba como un pichón sin nido. No era frío. Era miedo. No, tampoco era miedo. Era pánico.
"¿Entramos, bonita?". Apenas escuchó la voz. Apenas. La puerta vaivén seguía cerrada. Por su cabeza desfilaban varias puertas más. Unas metálics. Otras de madera. Grandes, chicas, medianas. Algunas rechinaban, otras brillaban relucientes.
Pero las puertas no son distintas por sus formas. Son distintas por lo que esconden. Nada más mentiroso en el mundo que una hermosa puerta que promete la entrada al paraíso y dentro esconde el pantano más horrendo. Malditas puertas que invitan a cielos celestes y noches estrelladas, y que en su interior sólo tienen nubes, nubes y más nubes. Y tormentas. Temerosas tormentas.
Dulcinea sabía de puertas. Mucho. Demasiado. Sabía de puertas mentirosas, de puertas con promesas de Quijotes que finalmente escondían peligrosas aspas de molino. Abrió, abrió y abrió. Y después desesperada tuvo que buscar los cartelitos verdes de las salidas de emergencia. Tantas puertas hipócritas la habían hecho experta en fobias. Un curso acelerado que nunca quiso realizar. Pero la vida, insobornablemente terca, da clase de lo que quiere sin pedir permiso. Y maneja a sus alumnos como marionetas a merced de los hilos de su antojo. Enseña lo que nadie quiere aprender. Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida...
Por eso, paradita en la puerta del bar del infierno, Dulcinea temblaba sin parar. Eso sí: no loraba. Le habían enseñado un truco para que las lágrimas no se escapen. Y lo sabía de memoria. Además, tarareaba una canción que la sentía como propia: "Si me cansé de llorar, fue porque en las lágrimas no encontré salida".
"¿Entramos, bonita?". Le tomaron la mano y le abrieron la puerta. Cerró los ojos y juntó coraje. Caminó dos metros y se dejó llevar. Se animó a mirar. De a poco. Muy lentamente. El infierno tenía luz. Linda luz. Y flores. Y paredes coloridas. Y música. Y una voz que le decía:
-¿Qué querés tomar?
-No sé, lo que vos pidas va a estar bien...
miércoles, 26 de agosto de 2009
Palabra
-¿Qué sentís?, preguntó el médico de guardia.
-Mareo. Mucho mareo.
Por dentro, órganos, músculos y demases iban y venían de un lado a otro, de manera frenéticamente desesperada. "¿Quién tiró la bomba de gas lacrimógeno? ¡Es una locura!".
En medio del caos infernal, el malvado páncreas dejó su escondite, tomó del brazo a su Bonnie, la mujer con quiere compartir sus maldades, y le dijo:
-"¿Te gustó lo que hice?".
-"¿Fuiste vos? ¡Sos un demente!
-Te quería sorprender. Pensé que así te iba a sorprender.
-No tenés la menor idea de cómo se sorprende a alguien del otro sexo. Lo que hiciste fue una paparruchada. Como todas tus maldades, tus locuras, y tus críticas a los garabatos de los viernes. Así no se hacen las cosas. Así no se vive.
Hacía rato que páncreas no la escuchaba más. Desde el momento exacto que dijo la palabra clave. La palabra que lo enamoró todavía un poquito más. La palabra que hizo que sienta que eran el uno para el otro: paparruchada.
-Mareo. Mucho mareo.
Por dentro, órganos, músculos y demases iban y venían de un lado a otro, de manera frenéticamente desesperada. "¿Quién tiró la bomba de gas lacrimógeno? ¡Es una locura!".
En medio del caos infernal, el malvado páncreas dejó su escondite, tomó del brazo a su Bonnie, la mujer con quiere compartir sus maldades, y le dijo:
-"¿Te gustó lo que hice?".
-"¿Fuiste vos? ¡Sos un demente!
-Te quería sorprender. Pensé que así te iba a sorprender.
-No tenés la menor idea de cómo se sorprende a alguien del otro sexo. Lo que hiciste fue una paparruchada. Como todas tus maldades, tus locuras, y tus críticas a los garabatos de los viernes. Así no se hacen las cosas. Así no se vive.
Hacía rato que páncreas no la escuchaba más. Desde el momento exacto que dijo la palabra clave. La palabra que lo enamoró todavía un poquito más. La palabra que hizo que sienta que eran el uno para el otro: paparruchada.
lunes, 24 de agosto de 2009
Manianadesol
"Es una cuestión de educación", dijo alguien por ahí. "Los que comentan en los blogs esperan que les respondan", comentó un alguien distitno. "Así funcionan estas cosas", exigió un tercer alguien.
Este espacio nació para volcar algunas anécdotas y pensamientos. Mutó paulatinamente, y ahora tiene algunos relatos de viaje, un páncreas tiernamente malvado y unos cuentos que son más garabatos que relatos. Manianadesol es un lugar íntimo: no es la persona, es sólo una parte de la persona.
Otros espacios, muy validos por cierto, nacieron con otro objetivo. Son, palabras más, palabras menos, reallity shows de sus vidas. Tecuentotodoloquehago.blogspot.com o mividasegundoasegundo.blogspot.com. Son lugares públicos. Y son las personas en carne y hueso hechas letras.
Aquí el gran dilema gran: ¿cuál es el compromiso que se tiene con quien le hace un comentario? ¿Es antipático no emitir opinión? ¿El que comenta espera que se le diga: "Gracias, yo también te quiero"?.
La vida plantea otra de sus dudas: ser o parecer. Será así. O parecerá así...
Este espacio nació para volcar algunas anécdotas y pensamientos. Mutó paulatinamente, y ahora tiene algunos relatos de viaje, un páncreas tiernamente malvado y unos cuentos que son más garabatos que relatos. Manianadesol es un lugar íntimo: no es la persona, es sólo una parte de la persona.
Otros espacios, muy validos por cierto, nacieron con otro objetivo. Son, palabras más, palabras menos, reallity shows de sus vidas. Tecuentotodoloquehago.blogspot.com o mividasegundoasegundo.blogspot.com. Son lugares públicos. Y son las personas en carne y hueso hechas letras.
Aquí el gran dilema gran: ¿cuál es el compromiso que se tiene con quien le hace un comentario? ¿Es antipático no emitir opinión? ¿El que comenta espera que se le diga: "Gracias, yo también te quiero"?.
La vida plantea otra de sus dudas: ser o parecer. Será así. O parecerá así...
jueves, 20 de agosto de 2009
RG 5: La morochita evangelista
Por tercera vez en cinco minutos, el Flaco quedó cara a cara con el arquero. "¡Concha de Dios!", gritó enfurecido: de nuevo Juan le había sacado el gol en el picadito de los sábados. "Che, Flaco. Dios no tiene la culpa de que seas un burro. Y, además, es varoncito". "Andá a cagar. Vos y tu Dios invisible", contestó mascullando una bronca que le duraría una ducha y varias cuadras de caminata, hasta toparse con el repiqueteo de unas monedas que hacían ruido en un tachito. "Una limosna para este cieguito, por favor".
El Flaco pasó de largo, lo miró de reojo y tropezó con alguien. "Perdón", dijo instintivamente, sin percatarse con quien había chocado. "No es nada", le contestó la morochita con cara de angel, que le dio un beso al ciego, una moneda e inmediatamente ingresó en el templo evangelista. Impulsivo, el Flaco cruzó esa puerta y se encontró con una escenografía de esas que aborrecía. Allá, adelante, un pastor arengaba a su fiel rebaño que levantaba las manos y oraba en un estado de semitrance. "Tú, hermano, que recién has entrado en la Casa del Señor, bienvenido seas". El Flaco tardó en reaccionar. Miró una y otra vez, y se dio cuenta de que sí, que efectivamente le hablaba a él. "No, pará loco. Yo entré porque... No, dejá. Esto no es para mí". Con una gotita de agua de la ducha qur todavía le caía por su largo pelo, buscó rápidamente la calle.
-Pibe, así no.
-¿Así no qué?
-Así nunca te vas a ganar esa minita tan linda. Fue cupido, algún angel, o algún Dios que hizo que se choquen. Y yo le vi la carita a la morochita. Le gustaste.
-Pará, pará: ¿Vos no sos ciego? ¡Vos sos un estafador de mier...!
-Menos averigua Dios y perdona, pichón. Guarda mi secreto y yo te doy un consejo. ¿Trato hecho?
Dudó. Demasiado. Repasó su vida de los últimos tiempos. Pesó en la balanza lo bueno y lo malo. Vio que el platillo titilaba en el rojo del desamparo, recordó su promesa de cambios, contuvo la trompada al ciego fraudulento y respondió:
-Tenés mi palabra.
-Buena elección, pichón. Volvé la semana que viene, a la misma hora. Dejá que el Pastor te haga alguna pregunta. Tragá saliva y seguile la corriente. Y esa misma noche vas a terminar en el café de la esquina con la morochita.
-¿Quién sos, Mandrake?
-Suerte, pichón...
Siete días después, el Flaco tuvo otro mano a mano con Juancito: pelota abajó junto a un palo. Inatajable. Festejó mirando el cielo con los dedos índices apuntando al cielo razzo de la canchita del barrio. "Já, ¿sos Jesús, ahora?". "No, Juancito, estoy practicando".
Era otra gota, muy parecida a la anterior, la que esta vez le caía por el pelo. Preparó una moneda, pero el ciego no estaba. Espero en la puerta y tampoco veía entrar a la morochita evangelista. "Cara paso; ceca me voy a la mierda". Escudo nacional. Adentro lo de siempre. El Pastor y su rebaño. Y ese ángel convertido en oveja.
El café estuvo delicioso. El primer beso, nacido al mes siguiente, también. Tuvieron un sexo de mitad de tabla que tardó en llegar, pero se convirtió en campeón del mundo cuando ella, dos orgasmos después, le dijo: "Te amo más que antes". El Flaco tomó su balanza y el platillo de las alegrías pesaba más que cualquier debate sobre teología. Era inútil: ya lo había intentado y cuando, su ángel lloró, entendió que ciertas creencias pueden descansar en paz a un costadito del alma. Esa lágrima en la mejilla le dolió mucho. Demasiado. Entonces, enterró por un rato a Carl Sagan, Darwin, los monos y el ateismo universal.
El Pastor fue el padrino de bodas. El ciego les regaló un hermoso cuadro ("lo elegí yo, pichón. ¿Te gustan los colores?", le susurró al oído al Flaco). María, la mayor, será como la madre: una buena maestra y un hermoso ángel. José, el menor, jugará con sus amigos el picado de los jueves por la noche. Y definirá abajo, junto a un palo. Inatajable.
El Flaco pasó de largo, lo miró de reojo y tropezó con alguien. "Perdón", dijo instintivamente, sin percatarse con quien había chocado. "No es nada", le contestó la morochita con cara de angel, que le dio un beso al ciego, una moneda e inmediatamente ingresó en el templo evangelista. Impulsivo, el Flaco cruzó esa puerta y se encontró con una escenografía de esas que aborrecía. Allá, adelante, un pastor arengaba a su fiel rebaño que levantaba las manos y oraba en un estado de semitrance. "Tú, hermano, que recién has entrado en la Casa del Señor, bienvenido seas". El Flaco tardó en reaccionar. Miró una y otra vez, y se dio cuenta de que sí, que efectivamente le hablaba a él. "No, pará loco. Yo entré porque... No, dejá. Esto no es para mí". Con una gotita de agua de la ducha qur todavía le caía por su largo pelo, buscó rápidamente la calle.
-Pibe, así no.
-¿Así no qué?
-Así nunca te vas a ganar esa minita tan linda. Fue cupido, algún angel, o algún Dios que hizo que se choquen. Y yo le vi la carita a la morochita. Le gustaste.
-Pará, pará: ¿Vos no sos ciego? ¡Vos sos un estafador de mier...!
-Menos averigua Dios y perdona, pichón. Guarda mi secreto y yo te doy un consejo. ¿Trato hecho?
Dudó. Demasiado. Repasó su vida de los últimos tiempos. Pesó en la balanza lo bueno y lo malo. Vio que el platillo titilaba en el rojo del desamparo, recordó su promesa de cambios, contuvo la trompada al ciego fraudulento y respondió:
-Tenés mi palabra.
-Buena elección, pichón. Volvé la semana que viene, a la misma hora. Dejá que el Pastor te haga alguna pregunta. Tragá saliva y seguile la corriente. Y esa misma noche vas a terminar en el café de la esquina con la morochita.
-¿Quién sos, Mandrake?
-Suerte, pichón...
Siete días después, el Flaco tuvo otro mano a mano con Juancito: pelota abajó junto a un palo. Inatajable. Festejó mirando el cielo con los dedos índices apuntando al cielo razzo de la canchita del barrio. "Já, ¿sos Jesús, ahora?". "No, Juancito, estoy practicando".
Era otra gota, muy parecida a la anterior, la que esta vez le caía por el pelo. Preparó una moneda, pero el ciego no estaba. Espero en la puerta y tampoco veía entrar a la morochita evangelista. "Cara paso; ceca me voy a la mierda". Escudo nacional. Adentro lo de siempre. El Pastor y su rebaño. Y ese ángel convertido en oveja.
El café estuvo delicioso. El primer beso, nacido al mes siguiente, también. Tuvieron un sexo de mitad de tabla que tardó en llegar, pero se convirtió en campeón del mundo cuando ella, dos orgasmos después, le dijo: "Te amo más que antes". El Flaco tomó su balanza y el platillo de las alegrías pesaba más que cualquier debate sobre teología. Era inútil: ya lo había intentado y cuando, su ángel lloró, entendió que ciertas creencias pueden descansar en paz a un costadito del alma. Esa lágrima en la mejilla le dolió mucho. Demasiado. Entonces, enterró por un rato a Carl Sagan, Darwin, los monos y el ateismo universal.
El Pastor fue el padrino de bodas. El ciego les regaló un hermoso cuadro ("lo elegí yo, pichón. ¿Te gustan los colores?", le susurró al oído al Flaco). María, la mayor, será como la madre: una buena maestra y un hermoso ángel. José, el menor, jugará con sus amigos el picado de los jueves por la noche. Y definirá abajo, junto a un palo. Inatajable.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Clyde
Sentado en el rincón más oscuro del bar de las entrañas, el malvado páncreas balbucea palabras tiradas al viento. "Vení vos, trasplantable", le espeta con voz altanera al riñón.
-Qué querés...
-Tenemos que hablar. Tengo algo que decirte.
-¿A mí? ¿Por qué a mí?
-No tengo amigos y vos sos mi menor enemigo. No te quiero, pero no te odio. Dejemos de lado esas paparruchadas de amistad. Seré directo: me gusta una.
-¿Qué? ¿Queeeeeeeeee? ¿Vos? ¿Enamorado?
-No, trasplan... ¿Sos sordo o pelotudo? Dije me gusta una... ¿Quién sabe qué es el amor? Para vos es una cosa, para el paparrucho del corazón es otra, para mí es otra. ¿Vos me podés enseñar de amor? ¿Quién puede? ¡Dejate de joder!
-A ver, ¿sentís mariposas en la panza?
-¡Ja! No, olvidate, no como bichos voladores.
-¿No podés sacartela de la cabeza?
-No es un sombrero.
-Pará, mejor explicame vos que sentís.
-Sueño con que podamos hacer maldades juntos. Yo sería Clyde Champion Barrow, ella sería mi Bonnie Elizabeth Parker.
-Que particular mirada del amor... Pero algo no entiendo, ¿qué querés de mí?
-Mañana es viernes, día de esa paparruchada de los relatos garabatos. Vos tenés contactos con el de arriba. Decile que... A ver... No, dejá, no le digas nada. No vale la pena. Es una causa perdida.
-Qué querés...
-Tenemos que hablar. Tengo algo que decirte.
-¿A mí? ¿Por qué a mí?
-No tengo amigos y vos sos mi menor enemigo. No te quiero, pero no te odio. Dejemos de lado esas paparruchadas de amistad. Seré directo: me gusta una.
-¿Qué? ¿Queeeeeeeeee? ¿Vos? ¿Enamorado?
-No, trasplan... ¿Sos sordo o pelotudo? Dije me gusta una... ¿Quién sabe qué es el amor? Para vos es una cosa, para el paparrucho del corazón es otra, para mí es otra. ¿Vos me podés enseñar de amor? ¿Quién puede? ¡Dejate de joder!
-A ver, ¿sentís mariposas en la panza?
-¡Ja! No, olvidate, no como bichos voladores.
-¿No podés sacartela de la cabeza?
-No es un sombrero.
-Pará, mejor explicame vos que sentís.
-Sueño con que podamos hacer maldades juntos. Yo sería Clyde Champion Barrow, ella sería mi Bonnie Elizabeth Parker.
-Que particular mirada del amor... Pero algo no entiendo, ¿qué querés de mí?
-Mañana es viernes, día de esa paparruchada de los relatos garabatos. Vos tenés contactos con el de arriba. Decile que... A ver... No, dejá, no le digas nada. No vale la pena. Es una causa perdida.
domingo, 16 de agosto de 2009
Cinturones
Para muchos hombres, el cinturón es una pieza imprescindible en la vestimenta. No por moda, sino por necesidad. Y ellos no pueden pasar un puñado de horas sin su sujetador de pantalones, aunque en ese tiempo solo deban estar sentados en una silla. Peor todavía si se trata de vivir un recital de rock con los pantalones deslizándose por debajo de la cintura.
"Mujeres por acá, varones por allá", dividió durante el cacheo uno de los 220 policías destinados anteayer, por parte del municipio local, a la seguridad del recital de Callejeros, en Olavarría. "Sacate el cinturón y tiralo en ese contenedor". Adentro ya nadaban centeneras de cintos con destino incierto. Tal vez la basura, tal vez una posterior reventa. Lo mismo que las hebillas de las chicas, cuyos pelos volaron por los fríos aires olavarrienses. Como si la seguridad de un recital dependiese de detalles menores como esos. Así funcionan las cosas en este país: el sol se tapa detrás de un cinturón y mientras, a 30 kilómetros de la ciudad anfitriona, personal de infantería controla un peaje ante la posibilidad que "los inadaptados" del rock provoquen desmanes que nunca llegan. Mientras, los delitos viven a diario ante sus ojos.
Desde aquel 29 de diciembre de 2004, la víspera de la mayor tragedia de la historia argentina, hasta el sábado que pasó, este cuerpo no había vuelto a encontrarse con el grupo Callejeros. No era un recital más: el veredicto por el juicio de Cromañón está ahí, a la vuelta de la esquina. Resultaba, para las casi 15.000 personas asistentes, un cocktail de emociones mezcladas entre alegría y dolor.
Entre aquella vez y esta han cambiado muchas cosas. Se percibe un mayor promedio de edad entre la gente. Se han pasado adolescencias, se han perdido cinturones, se han licuado alegrías, se han desbarrancado amores. Musicalmente, a quien le gusta Callejeros, encontrará lo de siempre: una banda que se las ingenia musicalmente pero que su fuerte son, sin dudas, las letras de su líder, Patricio Santos Fontanet. En los sentimientos, el final del show encuentra a los integrantes del grupo de una manera distinta a cualquier otra situación similar: se abrazan más intensamente, y saludan a su gente sin las sonrisas habituales. Se huele que su procesión va por dentro.
La gente, grandes, medianos y chicos, responden con un grito: "Inocentes-Inocentes". Y agrega: "Ni las bengalas, ni el rock and roll, a esos pibes los mató la corrupción". Es obvio que hay parcialidad en ese aullido nacido en sus visceras. Tan obvio como que esas casi 15.000 almas no creen en la Justicia argentina. Como tampoco creen en esa policía que les quitó los cinturones por "razones de seguridad". Y menos en un sistema que, desde siempre, los obliga a rockear con los pantalones bajos.
"Mujeres por acá, varones por allá", dividió durante el cacheo uno de los 220 policías destinados anteayer, por parte del municipio local, a la seguridad del recital de Callejeros, en Olavarría. "Sacate el cinturón y tiralo en ese contenedor". Adentro ya nadaban centeneras de cintos con destino incierto. Tal vez la basura, tal vez una posterior reventa. Lo mismo que las hebillas de las chicas, cuyos pelos volaron por los fríos aires olavarrienses. Como si la seguridad de un recital dependiese de detalles menores como esos. Así funcionan las cosas en este país: el sol se tapa detrás de un cinturón y mientras, a 30 kilómetros de la ciudad anfitriona, personal de infantería controla un peaje ante la posibilidad que "los inadaptados" del rock provoquen desmanes que nunca llegan. Mientras, los delitos viven a diario ante sus ojos.
Desde aquel 29 de diciembre de 2004, la víspera de la mayor tragedia de la historia argentina, hasta el sábado que pasó, este cuerpo no había vuelto a encontrarse con el grupo Callejeros. No era un recital más: el veredicto por el juicio de Cromañón está ahí, a la vuelta de la esquina. Resultaba, para las casi 15.000 personas asistentes, un cocktail de emociones mezcladas entre alegría y dolor.
Entre aquella vez y esta han cambiado muchas cosas. Se percibe un mayor promedio de edad entre la gente. Se han pasado adolescencias, se han perdido cinturones, se han licuado alegrías, se han desbarrancado amores. Musicalmente, a quien le gusta Callejeros, encontrará lo de siempre: una banda que se las ingenia musicalmente pero que su fuerte son, sin dudas, las letras de su líder, Patricio Santos Fontanet. En los sentimientos, el final del show encuentra a los integrantes del grupo de una manera distinta a cualquier otra situación similar: se abrazan más intensamente, y saludan a su gente sin las sonrisas habituales. Se huele que su procesión va por dentro.
La gente, grandes, medianos y chicos, responden con un grito: "Inocentes-Inocentes". Y agrega: "Ni las bengalas, ni el rock and roll, a esos pibes los mató la corrupción". Es obvio que hay parcialidad en ese aullido nacido en sus visceras. Tan obvio como que esas casi 15.000 almas no creen en la Justicia argentina. Como tampoco creen en esa policía que les quitó los cinturones por "razones de seguridad". Y menos en un sistema que, desde siempre, los obliga a rockear con los pantalones bajos.
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