miércoles, 17 de febrero de 2010

Suárez

"Ese edificio de siete pisos, ¿es el más alto de la ciudad?". El taxista escucha y con su voz mansamente campechana, responde: "No, más allá hay uno de nueve. Son los únicos dos altos que tenemos".
Nueve o siete pisos debajo, Coronel Suárez regala sus aires de paz. Es domingo. Por la mañana todo es calma. Algunos madrugadores caminan por el Paseo Héroes de Malvinas. Pero el ritmo de vida nunca se acelera. Ni siquiera cuando llega la noche, donde las calles toman un pintoresco color. Un paso aquí. Otro allá. Todo a su paso, con la calma que contrasta con aquellos que tienen impregnado en la piel el frenesí porteño.
La historia juguetea con el prócer que dio nombre a la ciudad. Manuel Isidoro Suárez fue un héroe militar, con la particularidad de ser primo y enemigo de Juan Manuel de Rosas. Suárez tuvo hijos, nieto y bisnietos. Uno de ellos de nombre Jorge Luis. Apellido, Borges. "Suárez mira su pueblo y la llanura ulterior, las estancias, los potreros, los rumbos que fatigan los reseros, el paciente planeta que perdura", escribió el poeta sobre la ciudad que honra a su bisabuelo.
Suárez, historias argentinas...

viernes, 29 de enero de 2010

RG 23: Metrovías

Este cuento fue escrito para el concurso de Cuentos de terror de Metrovías, en 2005.


Recién comprada, la tira de pastillas para dormir ya tenía dos agujeros. Ese rayo que se coló por la ventana sin permiso la iluminó justo ahí, en un costadito de la mesita de luz. Laura dormía en su nueva cama, en la inmensidad de ese cuarto deshabitado. Era el único mueble de la habitación de la casa de campo, construída a un kilómetro alejada de la ruta. Llevaba dos días en su nuevo hábitat, era su primera tormenta allí. Juan había anunciado que se retrasaba en el trabajo.
Los gatos husmeaban por ahí reconociendo el terreno. Como de costumbre, Laura dejó la radio prendida para fingir compañía. El locutor de voz melosa leía las noticias. Y repetía la conmocionante historia del día. "...La pareja pensaba que sólo era un robo más. Estaban atados en una silla, con las espaldas juntas. De un bolso, su profanador sacó un martillo...".
Un poderoso trueno pudo más que el efecto de las pastillas. Laura se despertó agitada. Sintió el maullido de uno de los gatos. No pudo reconocer si era Tom o Jerry. Ansiosamente desnuda, como esperaba a su amor cada vez que lo tenía que aguardar en la oscuridad, se paró y dejó atrás la perfumada sábana. Caminó despacio rumbo al enorme comedor, apenas decorado con esa mesa que no disimulaba el espacioso lugar. La radio seguía vomitando la cruel historia...
"Desencajado, el hombre los miró fijo. No hizo caso a las súplicas. Tampoco le interesó la sugerencia del llévese todo lo que quiera. Simplemente lanzó una carcajada y besó la cabeza del martillo. Una vez. Y otra. Reía y besaba. Besaba y reía. Les respiraba jadeante entre una oreja y otra. Hasta que dio un paso atrás y su brazo tomó impulso..."
La perfecta anatomía femenina avanzaba por el comedor. La linterna le iluminaba el andar tembloroso. No era por el frío que sus pezones estaban erguidos. Escuchaba un ruido lejano. Persistente. Desconocido. No se animó a más. Retrocedió. Volvió a la pieza, tomó el celular y apretó redial. No hubo caso: "El número solicitado..." Y el locutor de voz melosa parecía entusiasmado con su espeluznante relato...
"El martillo se detuvo justo a milímetros de la frente del sexagenario. Las gotas de transpiración le caían una tras otra por su cara arrugada. Con el martillo en la mano, el hombre reía. Su expresión desencajada hacía caso omiso a cualquier súplica. El siguiente no fue un amague. Traspasó esos milímetros fronterizo con furia e impactó de lleno en la sien...".
De algún lado oculto de su humanidad sacó fuerzas. Se puso una musculosa blanca para disimular el frío, aunque no fue solución. No podía dejar de temblar. Cruzó el comedor lentamente. Llegó a la cocina. Asomó su cabeza. Enfocó con la linterna. Buscó la luz con su mano. Algo le recorría los dedos. Por inercia, sólo por eso, su mano siguió el camino. Prendió la luz. Fue el grito más desaforado que su garganta nunca había gritado.
"La sangre se desparramó por todo el cuarto. La abuela se había desmayado. Siguió otro martillazo, y otro, y otro. La masa encefálica volaba de a trocitos. El hombre, lo que quedaba de él, se deshacía en pequeños pedacitos. Cuando casi no quedaba más nada que golpear y la anciana era el próximo paso, escuchó un ruido que lo distrajo.."
Esa rata, larga, de cola más larga aún, bajó por sus dedos y corrió. El pestaneo duró un segundo. Era cierto. No era una. Eran decenas. Grandes, como Laura nunca había visto. Ni siquiera suponía que podía haberlas de semejante tamaño. Simón, el gatito negro, yacía en el piso. Sus tripas ya asomaban por su piel crujida. René, el gatito blanco, todavía respiraba. Pero no por mucho tiempo. Los roedores estaban por cenar su segunda víctima.
La radio seguía con el relato, aunque nadie la escuchaba. "Por la ventana, una niña de 10 años era testigo de la cruenta escena. El asesino la vio. Fijó sus ojos en ella. Le sonrió. La saludó. Y lanzó un grito visceral antes de dar dos saltos hasta la ventana para alcanzar a tomarla de los cabellos. La pequeña no alcanzó a reaccionar".
Temblando su desnudez, llegó a ver que las ratas subían y bajaban por la escalera que da al sótano. Muchas tenían el hocico rojo-sangre. Iban y venían. Parecían felices. Fue su último chispazo de lucidez antes de correr hacia la habitación. Tomó el celular. Marcó. Se equivocó. Sus dedos no se quedaban quietos para acertar las teclas.
"El hombre arrastraba de los pelos a la chica. Estaba por pasarla por la ventana de los pelos. Nunca soltó el martillo. Es más, estaba por utilizar su arma favorita para impactar de lleno en el cráneo de la chica. Regalo sorpresa: pensaba sumar dos gerontes en su lista negra y llegaba de yapa una niña de rizos de oro. El martillo se desplomó de lleno hacia la humanidad de la pequeña. La sangre comenzó a brotar".
Laura intentó calmarse. Tenía taquicardia. Escuchaba sus latidos sin moverse. Giraba la linterna como loca de un lado a otro. De repente en la inmensidad del cuarto vio una nota pegada en el espejo. Encendió la luz y leyó: "Mi amor: llegué temprano, pero no quise despertarte. Estoy en el sótano haciendo algo de gimnasia. Son las 23.30. Buscame abajo. Te amo". Maldijo haber dejado para mañana la compra del reloj de pared... El silencio se hizo más silencio, y entonces escuchó por fin la radio.
"La niña, antes de desvanecerse, alcanzó a darle una feroz mordida en su brazo. Soltó el martillo y se cayó al piso de dolor. Los ruidos despertaron a la anciana. Estaba libre. Las sogas ya no hacían presión contra el cadáver descuartizado de su marido. Se paró, dio tres pasos a la ventana, tomó el martillo y le asestó un tremendo golpe a quien estaba por ser su asesino. Y otro. Y otro. Pedacitos de su cuerpo volaban por el aire ene se carnaval de muerte y sangre".
Karina vomitó. Casi se le escapa el estómago. Hurgó en su mesita de luz pero no encontró su reloj pulsera. "!!Dónde te metiste!!", gritó. La radio dio la última estocada: "Así terminaron los días del loco del martillo. La nena sobrevivió y aportó gran parte de este relato a la policía. Son las 3.30. Seguimos en la trasnoche de FM Lobos”.

domingo, 24 de enero de 2010

Marjorie

Marjorie Bouvier tiene un dilema. Debe elegir entre lo correcto y la persona. Entiéndase: la persona que ama está haciendo algo indebido.
Extendamosnos. La protagonista es más conocida como Marge. Tiene piel amarilla y el pelo azul alto, muy alto. En este capítulo lo usa hacia abajo, ya que su gorra de policía se lo achata.
El otro actor de la trama es Homero Hay Simpson, quien se burla del nuevo trabajo de policía de su esposa: le quita la gorra, se la pone, bailotea y realiza alguna que otra morisqueta más.
"Te lo advertí", le dice Marjorie mientras arresta a su marido que, incrédulo, no entiende lo que está pasando. Ella eligió lo correcto, aunque eso implique un muy mal momento para su ser querido...

martes, 19 de enero de 2010

RG 22: la Gorda y el Flaco

Correteaban las mismas calles del microcentro pagando impuestos y resolviendo trámites. Se cruzaron en algunas filas de bancos, se miraron en algún local de comida rápida, se regalaron las primeras palabras en algún kiosco, se citaron en alguna noche y se besaron en una madrugada. Siguió lo que siguió: pasión, encantamiento, sexo, más encantamiento. Luego, proyectos en común. Sumaron meses y juntaron ganas, dinero, necesidades y miserias. La matemática no falla: alquilaron un dos ambientes modesto pero cálido. Sobre todo en verano, muy cálido. Y, después, la dieta de las tres P: patys, papás y lo que sobraba en preservativos. De los grises, los espermicidas, porque no vaya a ser cosa que apareciese la cuarta P y se deba correr al súper de los chinos a comprar pañales.
"Gorda, hacés muy bien lo tuyo. No hay ninguna queja. Pero olvidate de tu aumento de sueldo. Acá las cosas están muy mal. Agradece que te quedás con el trabajo". Y la Flaca tragó saliva y escupió futuros imaginados. Tenía las suelas gastadas por patear calles y la billetera demasiado vacía por gastar dinero. Los sueños del viaje a Europa y de las siliconas quedarían para más adelante. Todavía quedaban primaveras para declararlos inalcanzables.
"Flaco, hacés muy bien lo tuyo. No hay ninguna queja", fueron las primeras palabras que escuchó él. Pero siguieron unas distintas. "Me caés bien, ¿sabés? Te voy a dar 500 de aumento. Y este sábado hay una fiesta de la empresa que quiero que vayas. Portate bien. O portate mal. Vos entendés...". Y el Gordo tragó saliva y escupió miedos inimaginados. La frase de su jefa cuarentona, divorciada último modelo, siliconas perfectas y bronceado milimétrico, le retumbaba en la cabeza.
"Negrito, tengo un problema", le dijo a su amigo del alma mientras lo acompañaba a comprar las zapatillas Niké naranja. "Dale para adelante" fue la respuesta instintiva del Negro, un animal salvaje que no separa sexo de amor. Se trata de un habitante de la jungla del vale todo, donde los principios valen menos que una encamada barata y sin sentido. "No, no puedo hacerle eso a la Gorda. Yo no soy así", contestó el Flaco mientras el pájaro de la publicidad repiqueteaba su duda: la jefa o los códigos. Eligió los códigos y abrió la jaula.
Prometió portarse bien y no portarse mal. Le dio un beso a la Gorda y le dijo: "Te amo. Vuelvo en un rato. Voy a la fiesta, pongo la cara y vuelvo con vos. Nos va a servir para nuestro futuro. Un poco de caretaje, nada más". Tomó el colectivo en la esquina y evitó que el taxista lo salpicara con el charco de la tormenta que ya había pasado. Bailó los últimos éxitos de moda, aunque el fabricante de modas nunca lo convenció. Saludó a todos sus compañeros de trabajo, aunque algunos no le respondieron. Se dejó seducir por la jefa, aunque nunca pisó el palito de la trampa. La trampa a uno mismo, la que empaña el espejo de la conciencia. Que es, sin dudas, la peor trampa de todas. Y, finalmente, se escapó de la fiesta a la que nunca quiso ir con el orgullo del deber cumplido.
Tomó el colectivo de vuelta y esquivó aquel charco de ida. Un par de horas antes de lo prometido y con una docena de rosas rojas en la mano, abrió la puerta del dos ambientes cálido. La Gorda lo esperaba acostada en la cama. Parecía dormida. Debajo de la cama asomaban un par de inconfundibles zapatillas Niké de color naranja. El Flaco no dijo nada. Puso dos pantalones y tres remeras en su bolso de Ferro, ignoró las súplicas de disculpas, abrió la puerta, tomó las flores, se las regaló a la vagabunda de la esquina, pisó el charco de la esquina con ganas y caminó sin rumbo fijo durante tres horas y 43 minutos.

viernes, 15 de enero de 2010

Justicia

Justicia... ¡Justicia! ¿Justicia?
De lejos la justicia huele a injusta. De cerca da miedo, ansiedad, esperanza y misterio. E invita a reflexionar sobre esas ocho letras que tanto significan en esta vida. En Wikipedia, esa fuente del saber moderno llena de verdades de cotillón, se lee que la justicia como fundamento cultural se basa en un consenso amplio en los individuos de una sociedad sobre lo bueno y lo malo, y otros aspectos prácticos de como deben organizarse las relaciones entre personas. Se supone que en toda sociedad humana, la mayoría de sus miembros tienen una concepción de lo justo, y se considera una virtud social el actuar de acuerdo con esa concepción.
He aquí el gran dilema. Cuando lo bueno y lo malo se enchastran en el mismo lodo, y cuando lo justo se mira con dos cristales. No hay dos cristales para ver lo bueno y lo malo. No hay dos cristales para la justicia. O, por lo menos, no debería...

miércoles, 13 de enero de 2010

RG 21: Jaque Maite

Tomó el alfil blanco con firmeza. Levantó apenas la vista y buscó la mirada de su rival. Nunca la encontró: estaba encerrado entre sus manos, sin querer ver más allá de lo que sucedía en el tablero. Entonces, con el pulgar y el índice derecho de sus uñas pintadas de un rojo furioso, apoyó el trebejo en f6. Luego, apretó el reloj de ajedrez y susurró: "Ofrezco tablas". Se paró de la silla para escapar de esa realidad de 64 casillas que se había transformado en una auténtica tortura.
Era la última fecha del Abierto de Verano del Club Argentino de Ajedrez. Una treintena de personas seguía el desenlace del certamen, un número mayor de lo habitual en estos casos. La rareza de lo que sucedía en la mesa principal atrajo a algunos expertos y a varios curiosos. Morbo, que le dicen.
Los cuadros que sirven de escenografía del lugar fueron testigos silenciosos del inesperado ofrecimiento. No vuela ni una mosca en el salón decorado por las fotografías que recorren la vida del inmortal Miguel Najdorf. Las otras partidas de la jornada ya habían concluido. Sólo quedaban ella y él...
"No entiendo a esta piba. Jugó la mejor, porque Af6 es ganadora. ¡Pero le ofreció tablas...!", le comentaba un sabelotodo a un sabiondo que asentía con la cabeza. La piba caminaba de un lado a otro, inquieta, nerviosa, impaciente como toda adolescente de 15 años. Tenía los ojos vidriosos. En un viaje relámpago al pasado, recordaba aquellos tiempos donde aprendió a mover las piezas con sus enseñanzas. Aquellos primeros jaques festejados como si fuesen victorias eternas de la vida. Aquellos viajes a los primeros torneos en dos colectivos, porque no había plata para taxi. Aquellas primeras medallas victoriosas, celebradas con ese abrazo paterno capaz de dar calor en la noche más fría del invierno más crudo.
"No acepto", fue la contestación del jugador de piezas negras, mientrs movía su Rey a h7. Ese medio punto inesperadamente rechazado le habría dado el primer puesto en la competencia. Pero dijo no. "Está loco", reafirmó el sabelotodo que lo sabe todo, menos esas pequeñas grandes cuestiones de la vida. Quizás eso sea la calle: un ajedrez gigante lleno de hombres que se creen dueños de las verdades más absolutas, aunque en realidad desconocen las esencias más básicas.
Siguió un jaque de Torre en h4 y la respuesta del Rey escondiéndose en g8. La lágrima contenida de Maité rompió la barrera del ojo y rodó libre por la carretera de la mejilla. En unos segundos cayó en el tablero y se perdió entre las piezas revoloteadas que esperaban el desenlace inevitable y cruel. Eso, cruel. Esa palabrita que le retumbaba con fiereza en su cabezita rubia. "El ajedrez es un juego cruel, preciosa, porque vos sentís que te gana la mente del otro. No es fuerza, no es azar, no es nada más ni nada menos que mente contra mente", le había dicho una noche mientras cenaban en la pizzería del barrio.
La torre se deslizó hasta h8. "Jaque mate, papá", anunció ella con un hilito de voz. Se escucharon aplausos en la sala. Se dieron la mano. El perdedor sonrió. "Te felicito, hija mía, ganaste tu primer gran torneo". Maité firmó la planilla y salió corriendo. Ya aquella lágrima solitaria y pionera tenía muchas compañeras de viaje. Dejó el salón de Paraguay 1858, se fue a buscar la Luna que rodaba por Callao y, de yapa, encontró en el piso escrito con tinta invisible el derecho a la primera borrachera de la vida. Borrachera de las tristes, de las que hieren en cada gota de alcohol. Y después de dos vasos de quien sabe que brebaje, le confesó al mozo que nunca la oyó: "Juego cruel el ajedrez".

miércoles, 6 de enero de 2010

Punta

Un día en Punta del Este sirve para entender que los argentinos y los uruguayos somos muy parecidos. La primera canción que escucha alguien al bajar del avión dice algo así: "Rumba, ella quiere su rumba". Sí, igual que en Buenos Aires, Ricardo Fort, el de Tinelli, invadiendo la playa más famosa de Sudamérica.
Pero hay algo en que se nota una clara diferencia. En Buenos Aires, cuando se necesita algo se pide más o menos así: "Mozo, por favor, ¿me trae la cuenta?". Y el mozo va a la caja, la pide, y la alcanza. Lisot, todos felices. En Uruguay es distinto: "Bo, ¿te animás a traerme la cuenta?". Primera diferencia: Dicen Bo, con be larga, sin ese final. Suena gracioso escucharlos a cada rato decir Bo, como para otros sonará gracioso escuchar a cada rato nuestro Che. Bo es su Che. Aunque Bo no sea un revolucionario.
Pero la clave es lo que sigue. Ellos dicen: ¿Te animás? Es cierto que suena más gentil, como lo explicaba un uruguayito sobre el porqué de ese modismo. "Es como más gentil", comentaba. Pero la duda es: ¿por qué no se va a animar? ¿O por qué el de la estación de servicio no se va a nimar a llenar el tanque? ¿Está bien decir me traes o es mejor decirle te animás?
Formas de vida. Tal vez sea cuestión de animarse a más. Sí, como la publicidad...