Hay veces que la cabeza busca decorar historias. Hay otras que la historia sola, sin cáscara, ya tiene el suficiente peso como para conquistar este espacio...
Sucedió en un capítulo de The Big Bang Theory. Penny, la hermosa rubia, tiene una relación de idas y vueltas con Leonard, el vecino científico que vive enfrente. Son agua y aceite. Han sobrevivido a algún romance efímero y no han sobrevivido al deseo constante.
Una noche, Leonard y sus tres amigos científicos realizan un experimento en la terraza. Invitan a Penny, que justo se encuentra acompañada de un pretendiente. En la interacción, pasa lo obvio: el pretendiente queda mal parado en el mundo de los científicos. Penny, inevitablemente, se sonroja y avergüenza. De inmediato le dice, no, le ordena a su pretendiente: "Vámos a una fiesta".
Algunas horas después, Penny golpea la puerta del departamento de Leonard. Es madrugada. Leonard se acerca en pijama a abrir la puerta. Ella, borracha, le dice: "Te odio. Has matado mi tolerancia a los idiotas".
A veces no hace falta agregar más nada cuando las cosas se dicen de manera tan perfecta.
miércoles, 22 de agosto de 2012
martes, 14 de agosto de 2012
HdP 19: Subte
Los ojos como búho. El cuerpo que va de un lado a otro de la cama. Que las piernas para acá, que las piernas para allá. Las neuronas se pelean y pierden las dos por nocaut. El tiempo alcanza y sobra para repasar la vida de punta a punta. Es la misma historia de ayer y de anteayer narrada en madrugadas de insomnio, una película triste donde el cine se mira al revés: acá ganan los malos.
"Maldito subte", lanza al aire en la soledad de la noche. Arrastra como cadena una semana complicada. Llegó tarde al trabajo y le trajo problemas con su jefe: casi lo echan. Sumó nervios por miles en cada viaje de regreso y se perdió el partidito de fútbol con los amigos porque el colectivo nunca pasó. Y la pelea con la novia que no quiso salir de su cucha y lanzó esa frase con olor a mentira: "Gordi, viajar hasta tu casita hoy es un lío. Ya estoy por bañarme y ponerme el pijamita. Me quedo en mi cuchita y nos vemos otro día, ¿si amorcito?".
El control remoto salta de un canal en otro. Animal Planet, algún rockito suelto, partidos viejos de fútbol, un poco de comedia, los noticieros de la madrugada. Todo y nada. "Se levante el paro de subte" dice la pantalla con placa roja y letras blancas. "Imágenes, ya". Un muchachito entrajeado con menos de 30 años y mucha cara de susto tiene el micrófono en el Hall de la estación Constitución. "Señor, buen día, ¿está contento de tomar el subte?", entrevista. Desde la cama de sábanas revueltas, historias de desconsuelo y madrugadas sin dormir, se le contesta: "No, pelotudo, si va a estar re triste". "Tenemos otro entrevistado: señora, buen día, tarda menos con el subte". "Ah, no, este pibe se recibió de pelotudo... ¡Y con honores! ¡Hay que enseñarle a preguntar! La viejita tendría que decirle: no, tarado, tardo más pero me gusta perder el tiempo viajando y hablando con boludos como vos. Ja". "Sigo con las notas, estudio. Cualquier cosa me dicen y vuelvo al piso. Acá una parejijta que se besa apasionadamente. Eso es amor... ¡A las cinco de la mañana! Esperamos para no interrumpir y así miran a cámara. Ahora sí. Hola chicos, que lindo beso se dieron. ¿Están felices?".
Maldito subte... Malditas noches de insomnio. Maldito notero pelotudo y maldita amorcito que nunca se quedó en su casa.
No había más que mirar. Apagó la tele y no pude volverse a dormir. Ni esa madrugada, ni la siguiente, ni la siguiente...
"Maldito subte", lanza al aire en la soledad de la noche. Arrastra como cadena una semana complicada. Llegó tarde al trabajo y le trajo problemas con su jefe: casi lo echan. Sumó nervios por miles en cada viaje de regreso y se perdió el partidito de fútbol con los amigos porque el colectivo nunca pasó. Y la pelea con la novia que no quiso salir de su cucha y lanzó esa frase con olor a mentira: "Gordi, viajar hasta tu casita hoy es un lío. Ya estoy por bañarme y ponerme el pijamita. Me quedo en mi cuchita y nos vemos otro día, ¿si amorcito?".
El control remoto salta de un canal en otro. Animal Planet, algún rockito suelto, partidos viejos de fútbol, un poco de comedia, los noticieros de la madrugada. Todo y nada. "Se levante el paro de subte" dice la pantalla con placa roja y letras blancas. "Imágenes, ya". Un muchachito entrajeado con menos de 30 años y mucha cara de susto tiene el micrófono en el Hall de la estación Constitución. "Señor, buen día, ¿está contento de tomar el subte?", entrevista. Desde la cama de sábanas revueltas, historias de desconsuelo y madrugadas sin dormir, se le contesta: "No, pelotudo, si va a estar re triste". "Tenemos otro entrevistado: señora, buen día, tarda menos con el subte". "Ah, no, este pibe se recibió de pelotudo... ¡Y con honores! ¡Hay que enseñarle a preguntar! La viejita tendría que decirle: no, tarado, tardo más pero me gusta perder el tiempo viajando y hablando con boludos como vos. Ja". "Sigo con las notas, estudio. Cualquier cosa me dicen y vuelvo al piso. Acá una parejijta que se besa apasionadamente. Eso es amor... ¡A las cinco de la mañana! Esperamos para no interrumpir y así miran a cámara. Ahora sí. Hola chicos, que lindo beso se dieron. ¿Están felices?".
Maldito subte... Malditas noches de insomnio. Maldito notero pelotudo y maldita amorcito que nunca se quedó en su casa.
No había más que mirar. Apagó la tele y no pude volverse a dormir. Ni esa madrugada, ni la siguiente, ni la siguiente...
domingo, 29 de julio de 2012
El Gato de Schrödinger
El cerebro pide pausa de cuentos. Demasiado ejercicio imaginar relatos tan seguido. Demasiado ejercicio, también, dejar escapar trozos de la propia vida en las entrelíneas de esas ficciones. Mejor un poco de aire con algo más relajado: la teoría de El Gato de Schrödinger.
La historia es asi. En 1935 el físico alemán Erwin Schrödinger propuso un experimento imaginario que servía para explicar la naturaleza de las observaciones y predicciones de la mecánica cuántica. El experimento se conoce como la paradoja de Schrödinger o el experimento del gato de Schrödinger. Para dicho experimento Schrödinger sugería un escenario hipotético con una caja cerrada, un gato vivo dentro de ella, una botella de gas venenoso y una partícula radiactiva con un 50% de probabilidades de romperse en una hora. Si la partícula se abre libera radiación, la botella se rompe y el gato muere.
El hecho es que mientras que no abramos la caja no sabremos si el gato está vivo o está muerto. Sólo podemos especular dado que es una cuestión de probabilidades. Cuando nos decidamos a abrir la caja, el mero hecho de observar modifica el estado del conjunto, con lo cual podemos observar si el gato vive o muere. Hasta la intervención del espectador el gato permanece en un limbo en el que está vivo y muerto a la vez.
Moraleja del blog: ¡Eso sí es tener imaginación! ¡Y eso es más psicológico que físico!
La historia es asi. En 1935 el físico alemán Erwin Schrödinger propuso un experimento imaginario que servía para explicar la naturaleza de las observaciones y predicciones de la mecánica cuántica. El experimento se conoce como la paradoja de Schrödinger o el experimento del gato de Schrödinger. Para dicho experimento Schrödinger sugería un escenario hipotético con una caja cerrada, un gato vivo dentro de ella, una botella de gas venenoso y una partícula radiactiva con un 50% de probabilidades de romperse en una hora. Si la partícula se abre libera radiación, la botella se rompe y el gato muere.
El hecho es que mientras que no abramos la caja no sabremos si el gato está vivo o está muerto. Sólo podemos especular dado que es una cuestión de probabilidades. Cuando nos decidamos a abrir la caja, el mero hecho de observar modifica el estado del conjunto, con lo cual podemos observar si el gato vive o muere. Hasta la intervención del espectador el gato permanece en un limbo en el que está vivo y muerto a la vez.
Moraleja del blog: ¡Eso sí es tener imaginación! ¡Y eso es más psicológico que físico!
miércoles, 25 de julio de 2012
HdP 18: Hotelandia
Cuatro décadas atrás, a 100 kilómetros al norte de la capital, se fundó Hotelandia. El paisaje era inmejorable, con las sierras rodeando todo, hacia cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Para acá, un río caudaloso. Para allá, una cascada briosa, feliz de regar todo con su fruto hasta desembocar en un laguito de plácida agua tibia.
La ruta ya había dejado de ser un problema. El viejo camino rocoso, casi intransitable, se asfaltó al tiempito del nacimiento. El progreso y el éxito del proyecto hicieron que en pocos años el gobierno de turno asfaltara el camino. El micro que dejaba a los visitantes a cinco kilómetros sin poder avanzar más por la espesa vegetación, llegaba ahora hasta la estación de la ciudad. Hubo un almacén, y después tres, y ahora gobierna un súper chino. Y negocios, y bares, y restaurantes, y hasta una modesta pero digna sala de cine. El último estreno fue Batman, con 80 personas en la sala, 20 asientos libres y ningún incidente reportado.
El progreso había sorprendido a los fundadores de Hotelandia. Algunos acompañaron el progreso de la villa desde el primer día hasta hoy. Otros, dejaron a las próximas generaciones seguir las huellas. Ya no eran aquellos jóvenes pujantes. Se habían convertido en estos viejos que miraban la vida pasar, esperando nada y todo. El tiempo pasa, y en una mano ofrece todo y en la otra nada. El secreto es saber elegir...
Cuatro décadas atrás, tres jóvenes rebeldes se cansaron de todo y concordaron empezar de cero. Decidieron fundar la ciudad de los hoteles temáticos. Eran tres, para empezar, aunque le siguieron muchos más que fueron mimetizándose con las necesidades de los tiempos. El último es el hotel Caniggia: es furor entre quienes el strés los golpeó y necesitan desenchufarse y poner su cabeza en blanco una semana. También está el hotel político, construido en tiempo récord con dudosos fondos: todos mienten. Si el conserje dice que el hotel está lleno, entonces está vacío. Para la cena, al que pide milanesa lo entienden y le traen ñoquis. Pero está por cerrar: evasión impositiva, otra mentira.
La vida ha llevado a los entusiastas fundadores por distintos caminos, hasta volver a reencontrarlos este miércoles de primavera, con un asado en el medio de la nada, para festejar los 40 años de Hotelandia. "¿Te acordás el que quiso hacer el hotel temático del dulce de leche y lo tuvo que cerrar por invasión de bichos?", recordaban riendo entre anécdotas. "¿Y el que hizo el hotel temático punk y se lo destruyeron los huéspedes en dos días?".
Palabra va, palabra viene, las palabras siempre terminan apunta a uno, como dardos cargados con el veneno de la verdad. Confesión va, confesión viene, las confesiones siempre desnudan a las personas, pero después dejan el alma sin pesos, sin presiones, sin más estigma que el de la libertad.
El dueño del hotel del amor cuenta: "Me fue bien. Pude vivir, darme gustos, trabajo nunca faltó y según mis estadísticas mantuve un 75% de ocupación en todos los años. Pero tuve que asesorarme todo el tiempo, muchos consejeros, muchos balances altos y bajos. Es lindo, estoy contento, pero el esfuerzo es agotador".
El dueño del hotel de la moda narra: "Yo tuve épocas de cinco hoteles, otras en las que tuve sólo el inicial. Fue y vino. Mucha inversión, ustedes saben. Que la ropa así y al año siguiente no se usa. Que el paddle y al año siguiente no más paddle. Que los videoclubs. Que Lady Gaga. Que la militancia... Ustedes conocen cómo somos las personas: nos dejamos llevar como un rebaño sin saber nunca quien es el pastor que baja las órdenes. Eso es lo que menos importa. La clave es ser parte del rebaño y seguir".
Hubo un silencio. La mesa ya estaba servida. Las achuras a punto, las ensaladas bien condimentadas, a la carne le faltaba un poquitín. En el aire, sólo el sonido de los pájaros. "Te toca, che". El dueño del hotel de los corazones rotos, introspectivo, como siempre, sabía que tenía que dar la receta de su éxito: una cadena en todo el mundo con 100 franquicias, la última en Punta Cana.
-¿Y che? ¡Contá!.
-Nada, que se yo. Un par de blues siempre sonando, alguna película de esas de llorar en la TV y nunca fotos de mujeres en las paredes. Mi hotel es solo para hombres. Por eso es un éxito. Son mejores clientes. Más duraderos. Más fieles.
-Pero che, sólo con eso no podés hacerte millonario.
-Es cierto. Tal vez la clave, entonces, sea que nunca busque la fórmula mágica. Seguí el instinto, seguí la vida. Fue un negocio de sentimientos. Y nunca se rompió.
La ruta ya había dejado de ser un problema. El viejo camino rocoso, casi intransitable, se asfaltó al tiempito del nacimiento. El progreso y el éxito del proyecto hicieron que en pocos años el gobierno de turno asfaltara el camino. El micro que dejaba a los visitantes a cinco kilómetros sin poder avanzar más por la espesa vegetación, llegaba ahora hasta la estación de la ciudad. Hubo un almacén, y después tres, y ahora gobierna un súper chino. Y negocios, y bares, y restaurantes, y hasta una modesta pero digna sala de cine. El último estreno fue Batman, con 80 personas en la sala, 20 asientos libres y ningún incidente reportado.
El progreso había sorprendido a los fundadores de Hotelandia. Algunos acompañaron el progreso de la villa desde el primer día hasta hoy. Otros, dejaron a las próximas generaciones seguir las huellas. Ya no eran aquellos jóvenes pujantes. Se habían convertido en estos viejos que miraban la vida pasar, esperando nada y todo. El tiempo pasa, y en una mano ofrece todo y en la otra nada. El secreto es saber elegir...
Cuatro décadas atrás, tres jóvenes rebeldes se cansaron de todo y concordaron empezar de cero. Decidieron fundar la ciudad de los hoteles temáticos. Eran tres, para empezar, aunque le siguieron muchos más que fueron mimetizándose con las necesidades de los tiempos. El último es el hotel Caniggia: es furor entre quienes el strés los golpeó y necesitan desenchufarse y poner su cabeza en blanco una semana. También está el hotel político, construido en tiempo récord con dudosos fondos: todos mienten. Si el conserje dice que el hotel está lleno, entonces está vacío. Para la cena, al que pide milanesa lo entienden y le traen ñoquis. Pero está por cerrar: evasión impositiva, otra mentira.
La vida ha llevado a los entusiastas fundadores por distintos caminos, hasta volver a reencontrarlos este miércoles de primavera, con un asado en el medio de la nada, para festejar los 40 años de Hotelandia. "¿Te acordás el que quiso hacer el hotel temático del dulce de leche y lo tuvo que cerrar por invasión de bichos?", recordaban riendo entre anécdotas. "¿Y el que hizo el hotel temático punk y se lo destruyeron los huéspedes en dos días?".
Palabra va, palabra viene, las palabras siempre terminan apunta a uno, como dardos cargados con el veneno de la verdad. Confesión va, confesión viene, las confesiones siempre desnudan a las personas, pero después dejan el alma sin pesos, sin presiones, sin más estigma que el de la libertad.
El dueño del hotel del amor cuenta: "Me fue bien. Pude vivir, darme gustos, trabajo nunca faltó y según mis estadísticas mantuve un 75% de ocupación en todos los años. Pero tuve que asesorarme todo el tiempo, muchos consejeros, muchos balances altos y bajos. Es lindo, estoy contento, pero el esfuerzo es agotador".
El dueño del hotel de la moda narra: "Yo tuve épocas de cinco hoteles, otras en las que tuve sólo el inicial. Fue y vino. Mucha inversión, ustedes saben. Que la ropa así y al año siguiente no se usa. Que el paddle y al año siguiente no más paddle. Que los videoclubs. Que Lady Gaga. Que la militancia... Ustedes conocen cómo somos las personas: nos dejamos llevar como un rebaño sin saber nunca quien es el pastor que baja las órdenes. Eso es lo que menos importa. La clave es ser parte del rebaño y seguir".
Hubo un silencio. La mesa ya estaba servida. Las achuras a punto, las ensaladas bien condimentadas, a la carne le faltaba un poquitín. En el aire, sólo el sonido de los pájaros. "Te toca, che". El dueño del hotel de los corazones rotos, introspectivo, como siempre, sabía que tenía que dar la receta de su éxito: una cadena en todo el mundo con 100 franquicias, la última en Punta Cana.
-¿Y che? ¡Contá!.
-Nada, que se yo. Un par de blues siempre sonando, alguna película de esas de llorar en la TV y nunca fotos de mujeres en las paredes. Mi hotel es solo para hombres. Por eso es un éxito. Son mejores clientes. Más duraderos. Más fieles.
-Pero che, sólo con eso no podés hacerte millonario.
-Es cierto. Tal vez la clave, entonces, sea que nunca busque la fórmula mágica. Seguí el instinto, seguí la vida. Fue un negocio de sentimientos. Y nunca se rompió.
jueves, 12 de julio de 2012
HdP 17: De silencios y palabras
En la mesa, dos cadáveres: el de una tira de asado y el esqueleto de una pata de pollo. Además, dos papás fritas sobrevivientes y los restos de un tomate ignorado, perdedor ante la lechuga y la cebolla. En la mesa, la estela de las palabras dichas con gusto a derrota.
-Tenés que olvidarla. Ya van nueve meses. La vida sigue.
-No puedo. La pienso todo el tiempo. Es el amor de mi vida...
-No, la idealizás. Mucho. Demasiado. Ni siquiera vivieron juntos. Nunca. Hay que seguir. Tenés que salir.
En la mesa, siete días vividos y malgastados y una charla repetida. De nuevo, un puñadito de fideos despreciados y, enfrente, en el otro plato, las migas de pan cómplices de los ñoquis a la bolognesa que ya no están. Y, las palabras, siempre las palabras que, de tan repetitivas, aburren.
-Estás siempre parado en el mismo lugar. Peor: en vez de avanzar, retrocedés.
-Es la mujer de mi vida. Lo se...
No valía la pena insistir. Mejor el silencio como toda respuesta negativa. Hay silencios que dicen todo. Más que mil palabras que nunca enderezaron ni enderezarán el desamor de una historia de pasión nacida para ser así, torcida y desviada. Fue un verano de juventud, apasionado e infinito. Con promesas de mil y una noches, de mil y una vidas juntos. Hasta que los pedazos de ese sueño roto se desparramaron por el piso.
El azar hizo el resto. Ya de grandes, señora y señor de cuatro décadas, el destino se burló del recuerdo y los puso de nuevo frente a frente. Un subte perdido y un recuerdo encontrado en el vagón siguiente. Unos segundos de miradas. Varios minutos de abrazos y besos.
Lo que siguió fue todo muy rápido: amantes a escondidas y proyectos a contramano. Si de jóvenes sus vidas iban por veredas distintas, ahora directamente no coincidían ni en la misma calle. Pero el amor es tuerto y el enamoramiento es ciego. El vio lo que quiso ver y no vio lo que la venda de sus ojos le impedía. Se quedó en el pasado y en los sueños soñados. Y se olvidó de que enfrente estaba una mujer casada, con una hija recién adoptada, y con un corazón clínicamente lastimado que latía cada día con menos fuerza.
Ella vio lo que quiso ver y vio una vida imposible de desenredar. No había hilo suficiente como para tejer una nueva. Entonces, cortó por lo sano: "Adiós y buena suerte, hasta el próximo subte". Se fue. Se calló todas las palabras del teléfono del mail. Ni una respuesta al celular mudo. Desapareció de todos lados, menos de su cabeza.
"No entendés, nunca me vas a entender. Es el amor de mi vida, no importa nada más”, repitó por enésima vez antes de aquel viaje laboral. En el plato, no quedaba ni una pizca de la milanesa napolitana. "A la vuelta, asado. Y a la vuelta, salimos a un cabaret. O al cine aunque sea", se le retrucó buscando quebrar la muñeca en la pulseada de su alma.
Hubo silencio. Un silencio que hablaba. Latía. Gritaba. El mismo silencio que, a la vuelta, con el asado frustrado, fue el dueño del mundo cuando se escuchó del otro lado de la línea teléfonica: "Murió ayer. Me avisó la madre. Y yo estaba afuera. No la veía hace meses. Ni siquiera pude despedirla. Se fue. Se me fue el amor de mi vida".
No valía la pena insistir. Mejor el silencio como toda respuesta afirmativa.
-Tenés que olvidarla. Ya van nueve meses. La vida sigue.
-No puedo. La pienso todo el tiempo. Es el amor de mi vida...
-No, la idealizás. Mucho. Demasiado. Ni siquiera vivieron juntos. Nunca. Hay que seguir. Tenés que salir.
En la mesa, siete días vividos y malgastados y una charla repetida. De nuevo, un puñadito de fideos despreciados y, enfrente, en el otro plato, las migas de pan cómplices de los ñoquis a la bolognesa que ya no están. Y, las palabras, siempre las palabras que, de tan repetitivas, aburren.
-Estás siempre parado en el mismo lugar. Peor: en vez de avanzar, retrocedés.
-Es la mujer de mi vida. Lo se...
No valía la pena insistir. Mejor el silencio como toda respuesta negativa. Hay silencios que dicen todo. Más que mil palabras que nunca enderezaron ni enderezarán el desamor de una historia de pasión nacida para ser así, torcida y desviada. Fue un verano de juventud, apasionado e infinito. Con promesas de mil y una noches, de mil y una vidas juntos. Hasta que los pedazos de ese sueño roto se desparramaron por el piso.
El azar hizo el resto. Ya de grandes, señora y señor de cuatro décadas, el destino se burló del recuerdo y los puso de nuevo frente a frente. Un subte perdido y un recuerdo encontrado en el vagón siguiente. Unos segundos de miradas. Varios minutos de abrazos y besos.
Lo que siguió fue todo muy rápido: amantes a escondidas y proyectos a contramano. Si de jóvenes sus vidas iban por veredas distintas, ahora directamente no coincidían ni en la misma calle. Pero el amor es tuerto y el enamoramiento es ciego. El vio lo que quiso ver y no vio lo que la venda de sus ojos le impedía. Se quedó en el pasado y en los sueños soñados. Y se olvidó de que enfrente estaba una mujer casada, con una hija recién adoptada, y con un corazón clínicamente lastimado que latía cada día con menos fuerza.
Ella vio lo que quiso ver y vio una vida imposible de desenredar. No había hilo suficiente como para tejer una nueva. Entonces, cortó por lo sano: "Adiós y buena suerte, hasta el próximo subte". Se fue. Se calló todas las palabras del teléfono del mail. Ni una respuesta al celular mudo. Desapareció de todos lados, menos de su cabeza.
"No entendés, nunca me vas a entender. Es el amor de mi vida, no importa nada más”, repitó por enésima vez antes de aquel viaje laboral. En el plato, no quedaba ni una pizca de la milanesa napolitana. "A la vuelta, asado. Y a la vuelta, salimos a un cabaret. O al cine aunque sea", se le retrucó buscando quebrar la muñeca en la pulseada de su alma.
Hubo silencio. Un silencio que hablaba. Latía. Gritaba. El mismo silencio que, a la vuelta, con el asado frustrado, fue el dueño del mundo cuando se escuchó del otro lado de la línea teléfonica: "Murió ayer. Me avisó la madre. Y yo estaba afuera. No la veía hace meses. Ni siquiera pude despedirla. Se fue. Se me fue el amor de mi vida".
No valía la pena insistir. Mejor el silencio como toda respuesta afirmativa.
sábado, 30 de junio de 2012
HdP 16: Señal de ajuste
"Que tiene leche bebé 3. Será, que tiene...".
-Mi amor, este televisor anda mal. De nuevo se apagó. Hay que llevarlo a un service. No, mejor tirarlo, es muy viejo, tenemos que comprar otro.
-Es algo tuyo, se paga solamente cuando lo mirás vos. Tenés mala energía, ya te lo dije mil veces. Cuando yo veo nunca tengo problemas. Es de tanto fútbol que le metés que te dice basta.
-No seas tonta. Hay que tirarlo. No anda.
-Nunca lo voy a tirar. Fue un regalo de mamá para Andresito. ¿No entendés?
-¿Vos estás llorando de nuevo?
Del comedor a la pieza principal hay 10 pasos. Antes, está la habitación de Julieta, que dormía plácidamente en su cuna. Había vomitado después de su mamadera, pero lo normal de cualquier bebé de seis meses. En el dormitorio, en la cama matrimonial, yacía la figura de su esposa acostada. Inerte, apuntaba justo sus ojazos celestes a la foto de su hijo Andrés, la foto que había pegado en el techo de la habitación al mes de su inesperada muerte en ese estúpido accidente.
-Mi amor, sé que es muy doloroso, pero hay que seguir con la vida. Andrés es un hermoso recuerdo, pero no podés encadenarte a él.
-No puedo soltarlo. Es mi hijo. ¿Cómo decís añlgo así, insensible? No puedo. ¡NO PUEDO!
- Lo tenés que soltar. La gordita te necesita. Yo te necesito. Todos te necesitamos.
-Andrés está acá conmigo. Yo lo siento, me da señales.
-Mi amor, eso no pasa. El otro día dijiste que él estaba enojado porque perdió el Atlético y por eso sentías olor a amoníaco que a él no le gustaba, pero después nos enteramos del derrame de Dock Sud. Siempre hay una explicación para todo, siempre.
-Vos no crees en nada. No puedo hablar con vos estos temas. No entendés. Voy a llamar a mamá.
-Claro, yo no entiendo y ella sí entiende. Como cuando dice que ve fantasmas pero en realidad está borracha. ¡Dale!
-No quiero hablar más. Andá a ver fútbol. Dejame con Andrés. Voy a llamar a mamá. Ella me entiende. Ella habla con papá.
El partido ya había comenzado. Iba media hora del primer tiempo. Esos 15 minutos que siguieron fueron bastante aburridos. Igual, podría haber sido el mejor partido del mundo que él no iba a prestarle atención. La cabeza le estallaba. Ni siquiera vio la nueva publicidad de la gaseosa con esa rubia despampanante. Ni la del nuevo modelo de la marca de auto que tanto le gusta. Volvió su vista a la pantalla cuando escuchó a lo lejos, esa canción: "Que tiene leche bebé 3...”. Inmediatamente, el televisor se puso en negro.
"No aguanto más", dijo. Desenchufo el aparato y cuando estaba a punto de llevarlo a la vereda para que lo agarre algún cartonero, escucho a la bebé llorar. Su cuna era unh enchastre. "¿Otra vez vomitaste, gordita?". La limpió, la alzó a upa y caminó hasta el dormitorio principal sin hacer ruido.
-Andrésito, cielo mío, por favor, mandame una señal de que todavía estás con nosotros. Tu alma está a aquí, yo lo sé. Pero necesito que me lo digas. Por favor te lo pido.
-La beba vomitó de nuevo. Para mí no es normal. La llevo a la guardia.
-Es normal. En una semana tiene su pediatra, que la vea él, yo confío en él.
-Quiero estar seguro.
-Yo no voy. Hoy es 20, aniversario de Andrésito.
-El 20 es el 20, el 21 es un día después, el 13 una semana antes. No podemos vivir así.
El médico de guardia dijo que no era nada, que es normal que los bebés vomiten. "¿Tanto, doctor?". El especialista asintió con la cabeza dos veces. El tercer movimiento vertical de su cabeza se interrumpió por otro vómito, esta vez con un poquito de sangre.
Se le hicieron análisis de urgencia. Mientras esperaba, en la pantalla de la sala de guardia, el partido terminaba. El Atlético ganó 2-1. "Andresito estará contento", pensó. Esta vez le prestó atención a la rubia ("hembrón", se dijo) y al nuevo auto ("lo quiero, es hora de cambiar el modelo 2009", se alentó). Después escuchó: "Que tiene leche bebé 3...", y el televisor de la clínica empezó a hacer rayas. "Que raro...", dijo. "Sí, son nuevitos. Tienen dos semanas", le respondió una enfermera que pasaba por ahí...
Media hora después, el médico guardia llamó al padre y le dio el diagnóstico: "Intolerancia a la lactosa. La trajo justo, su cuerpo no hubiese aguantado otra mamadera más sin establecer un cuadro peor. Mire, seguro tiene algún zarpullido en el cuerpo". Buscaron y buscaron, hasta que encontraron: su pie izquierdo estaba rosa y lleno de granos y ronchas.
Julieta lloraba sin parar. "Tranquila, todo va estar bien, tranquila", la calmaba el padre. "No más leche. Nunca más en su vida", ordenó el doctor. Inmediatamente, la pequeña dejó de llorar. Y sonrió.
-Mi amor, este televisor anda mal. De nuevo se apagó. Hay que llevarlo a un service. No, mejor tirarlo, es muy viejo, tenemos que comprar otro.
-Es algo tuyo, se paga solamente cuando lo mirás vos. Tenés mala energía, ya te lo dije mil veces. Cuando yo veo nunca tengo problemas. Es de tanto fútbol que le metés que te dice basta.
-No seas tonta. Hay que tirarlo. No anda.
-Nunca lo voy a tirar. Fue un regalo de mamá para Andresito. ¿No entendés?
-¿Vos estás llorando de nuevo?
Del comedor a la pieza principal hay 10 pasos. Antes, está la habitación de Julieta, que dormía plácidamente en su cuna. Había vomitado después de su mamadera, pero lo normal de cualquier bebé de seis meses. En el dormitorio, en la cama matrimonial, yacía la figura de su esposa acostada. Inerte, apuntaba justo sus ojazos celestes a la foto de su hijo Andrés, la foto que había pegado en el techo de la habitación al mes de su inesperada muerte en ese estúpido accidente.
-Mi amor, sé que es muy doloroso, pero hay que seguir con la vida. Andrés es un hermoso recuerdo, pero no podés encadenarte a él.
-No puedo soltarlo. Es mi hijo. ¿Cómo decís añlgo así, insensible? No puedo. ¡NO PUEDO!
- Lo tenés que soltar. La gordita te necesita. Yo te necesito. Todos te necesitamos.
-Andrés está acá conmigo. Yo lo siento, me da señales.
-Mi amor, eso no pasa. El otro día dijiste que él estaba enojado porque perdió el Atlético y por eso sentías olor a amoníaco que a él no le gustaba, pero después nos enteramos del derrame de Dock Sud. Siempre hay una explicación para todo, siempre.
-Vos no crees en nada. No puedo hablar con vos estos temas. No entendés. Voy a llamar a mamá.
-Claro, yo no entiendo y ella sí entiende. Como cuando dice que ve fantasmas pero en realidad está borracha. ¡Dale!
-No quiero hablar más. Andá a ver fútbol. Dejame con Andrés. Voy a llamar a mamá. Ella me entiende. Ella habla con papá.
El partido ya había comenzado. Iba media hora del primer tiempo. Esos 15 minutos que siguieron fueron bastante aburridos. Igual, podría haber sido el mejor partido del mundo que él no iba a prestarle atención. La cabeza le estallaba. Ni siquiera vio la nueva publicidad de la gaseosa con esa rubia despampanante. Ni la del nuevo modelo de la marca de auto que tanto le gusta. Volvió su vista a la pantalla cuando escuchó a lo lejos, esa canción: "Que tiene leche bebé 3...”. Inmediatamente, el televisor se puso en negro.
"No aguanto más", dijo. Desenchufo el aparato y cuando estaba a punto de llevarlo a la vereda para que lo agarre algún cartonero, escucho a la bebé llorar. Su cuna era unh enchastre. "¿Otra vez vomitaste, gordita?". La limpió, la alzó a upa y caminó hasta el dormitorio principal sin hacer ruido.
-Andrésito, cielo mío, por favor, mandame una señal de que todavía estás con nosotros. Tu alma está a aquí, yo lo sé. Pero necesito que me lo digas. Por favor te lo pido.
-La beba vomitó de nuevo. Para mí no es normal. La llevo a la guardia.
-Es normal. En una semana tiene su pediatra, que la vea él, yo confío en él.
-Quiero estar seguro.
-Yo no voy. Hoy es 20, aniversario de Andrésito.
-El 20 es el 20, el 21 es un día después, el 13 una semana antes. No podemos vivir así.
El médico de guardia dijo que no era nada, que es normal que los bebés vomiten. "¿Tanto, doctor?". El especialista asintió con la cabeza dos veces. El tercer movimiento vertical de su cabeza se interrumpió por otro vómito, esta vez con un poquito de sangre.
Se le hicieron análisis de urgencia. Mientras esperaba, en la pantalla de la sala de guardia, el partido terminaba. El Atlético ganó 2-1. "Andresito estará contento", pensó. Esta vez le prestó atención a la rubia ("hembrón", se dijo) y al nuevo auto ("lo quiero, es hora de cambiar el modelo 2009", se alentó). Después escuchó: "Que tiene leche bebé 3...", y el televisor de la clínica empezó a hacer rayas. "Que raro...", dijo. "Sí, son nuevitos. Tienen dos semanas", le respondió una enfermera que pasaba por ahí...
Media hora después, el médico guardia llamó al padre y le dio el diagnóstico: "Intolerancia a la lactosa. La trajo justo, su cuerpo no hubiese aguantado otra mamadera más sin establecer un cuadro peor. Mire, seguro tiene algún zarpullido en el cuerpo". Buscaron y buscaron, hasta que encontraron: su pie izquierdo estaba rosa y lleno de granos y ronchas.
Julieta lloraba sin parar. "Tranquila, todo va estar bien, tranquila", la calmaba el padre. "No más leche. Nunca más en su vida", ordenó el doctor. Inmediatamente, la pequeña dejó de llorar. Y sonrió.
sábado, 23 de junio de 2012
HdP 15: Cosa de Mandinga
"¡Ni se te ocurra!". Un ovejero alemán, dos dobermans, tres pitbulls, una pareja de coker y, tirando de las sogas del paseador, delante de todos, como líder de líderes, el beagle. Orejón, simpático, panzón, cara tierna y mala fama, todo eso reunido en un currículum de cuatro patas. "Mirá, una vez yo paseaba uno llamado Roque. El loco vio algo de comer arriba de un placard, se quiso subir, se cayó y se rompió todo. Se quebró la columna. Antes, la dueña me contó que había dejado un pan dulce en la cocina y, en un descuido, se lo comió todo en segundos. Se hinchó y como es bajito y de patas cortas, la panza le llegó al piso. No pudo caminar por un par de días. Son todos así, dementes".
Quería tener un perro. Había elegido esa raza, beagle, pero sumaba descreditos en cada palabra. Algo así como el peor criminal con la cara más angelical. Cada consulta sumaba puntos en contra y años de cárcel en un juzgado. "Son enfermos de la comida. Este me abrió la puerta del horno y se me bajó una docena de empanadas", escuchó en el parque, mientras el acusado miraba con cara de yo no fui. "Es una raza de campo, así que son hiperkinéticos. Si lo sacás a dar una vuelta manzana, no sirve de nada. Lo tenés que cansar bien. Dos hora smínimo de paseo para que el tipo llegue y duerma. Y además, maduran más tarde", escuchó en la veterinaria.
"Hasta los dos años tuve que esconder todo porque me destrozaba lo que encontraba, ahora esta grande y es más tranquilo. Igual, el otro día me rompió un par de zapatilas nuevas. Se comió la punta y los cordones como si fueran fideos", escuchó de boca de la china que paseaba a su beagle, que no paraba de jalar la correa como si creyera tener la fuerza de un elefante. "Pará un poco, Pekín", le gritó mientras el muchachito de cuatro patas tiraba y tiraba.
La sentencia llegó con la vecina de al lado. La bonita vecina de al lado. "Mirá, esta me volvió loca de amor y también de nervios. Son así: los amás y los odiás a la vez. Como los hombres, ja". Hizo una pausa de sonrisa encendida y cautivante, y siguió. "Te cuento: yo tuve que comprar dispositivos especiales para cerrar la heladera, porque esta guachita se dio cuenta que ahí estaba la comida y se las ingeniaba con la pata para abrirla. Son los perros que usan en los aeropuertos para detectar si alguien trae comida del exterior, ¿sabías? Unos verdaderos salvajes. Como los hombres, ja".
No hubo caso. El amor es más fuerte y, en esa primavera, el beagle le ganó al coker y a cualquier otro peso mediano que se le haya querido subir al ring de su vida. Le puso Mandinga, en honor a un viejo goleador de su club. Y fueron de aquí para allá. Corrieron en pastos, chapotearon en charcos, comieron en parrillas, jugaron en arenas, nadaron en mares... Un enojo por destrozos, una caricia al alma por un buen momento. Uno y uno, como la vida. Como las personas. Dar para recibir. A veces más, a veces menos.
El cachorro hizo de las suyas en el verano, fue creciendo en el otoño y ya era todo un señorito en el invierno. ¡Hasta había aprendido a andar solo por la calle sin perderse! ¡Hacía caso! Su dueño, mientras, desplumaba las estaciones del corazón sin más besos que los lamidos en las manos cuando había que limpiar los dedos con comida, o los de la mañana, en la cara, cuando era la hora de salir a la calle a ver qué deparaba la vida en la vuelta al parque. Y así, los dos, giraban y giraban en busca de sus futuros, en este juego de oler destinos en cada vereda, en cada árbol, en cada rincón.
"Ey, me había dicho el portero que también te habías comprado un beagle, pero nunca te vi. Es hermoso. Mirá Lola, un amigo para cuando quieras tener hijitos, ja". La vecina de al lado –la bonita-, estaba radiante. Lola también. Unos hablaron. Otros se olieron. Unos rieron. Otros movieron el rabo. Unos se pasaron el teléfono y quedaron en una salida al cine. Otros dejaron de chusmearse cuando, por seguir al carrito del cartonero que dejaba restos de comida a su paso, Mandinga caminó varias cuadras masticando los restos de los restos. Se perdió en su laberinto, masticando los restos. Y se encontró con su nueva vida. Miró para atrás, quiso volver, pero ya era tarde. Siguió sus instintos hasta el próximo hueso.
Quería tener un perro. Había elegido esa raza, beagle, pero sumaba descreditos en cada palabra. Algo así como el peor criminal con la cara más angelical. Cada consulta sumaba puntos en contra y años de cárcel en un juzgado. "Son enfermos de la comida. Este me abrió la puerta del horno y se me bajó una docena de empanadas", escuchó en el parque, mientras el acusado miraba con cara de yo no fui. "Es una raza de campo, así que son hiperkinéticos. Si lo sacás a dar una vuelta manzana, no sirve de nada. Lo tenés que cansar bien. Dos hora smínimo de paseo para que el tipo llegue y duerma. Y además, maduran más tarde", escuchó en la veterinaria.
"Hasta los dos años tuve que esconder todo porque me destrozaba lo que encontraba, ahora esta grande y es más tranquilo. Igual, el otro día me rompió un par de zapatilas nuevas. Se comió la punta y los cordones como si fueran fideos", escuchó de boca de la china que paseaba a su beagle, que no paraba de jalar la correa como si creyera tener la fuerza de un elefante. "Pará un poco, Pekín", le gritó mientras el muchachito de cuatro patas tiraba y tiraba.
La sentencia llegó con la vecina de al lado. La bonita vecina de al lado. "Mirá, esta me volvió loca de amor y también de nervios. Son así: los amás y los odiás a la vez. Como los hombres, ja". Hizo una pausa de sonrisa encendida y cautivante, y siguió. "Te cuento: yo tuve que comprar dispositivos especiales para cerrar la heladera, porque esta guachita se dio cuenta que ahí estaba la comida y se las ingeniaba con la pata para abrirla. Son los perros que usan en los aeropuertos para detectar si alguien trae comida del exterior, ¿sabías? Unos verdaderos salvajes. Como los hombres, ja".
No hubo caso. El amor es más fuerte y, en esa primavera, el beagle le ganó al coker y a cualquier otro peso mediano que se le haya querido subir al ring de su vida. Le puso Mandinga, en honor a un viejo goleador de su club. Y fueron de aquí para allá. Corrieron en pastos, chapotearon en charcos, comieron en parrillas, jugaron en arenas, nadaron en mares... Un enojo por destrozos, una caricia al alma por un buen momento. Uno y uno, como la vida. Como las personas. Dar para recibir. A veces más, a veces menos.
El cachorro hizo de las suyas en el verano, fue creciendo en el otoño y ya era todo un señorito en el invierno. ¡Hasta había aprendido a andar solo por la calle sin perderse! ¡Hacía caso! Su dueño, mientras, desplumaba las estaciones del corazón sin más besos que los lamidos en las manos cuando había que limpiar los dedos con comida, o los de la mañana, en la cara, cuando era la hora de salir a la calle a ver qué deparaba la vida en la vuelta al parque. Y así, los dos, giraban y giraban en busca de sus futuros, en este juego de oler destinos en cada vereda, en cada árbol, en cada rincón.
"Ey, me había dicho el portero que también te habías comprado un beagle, pero nunca te vi. Es hermoso. Mirá Lola, un amigo para cuando quieras tener hijitos, ja". La vecina de al lado –la bonita-, estaba radiante. Lola también. Unos hablaron. Otros se olieron. Unos rieron. Otros movieron el rabo. Unos se pasaron el teléfono y quedaron en una salida al cine. Otros dejaron de chusmearse cuando, por seguir al carrito del cartonero que dejaba restos de comida a su paso, Mandinga caminó varias cuadras masticando los restos de los restos. Se perdió en su laberinto, masticando los restos. Y se encontró con su nueva vida. Miró para atrás, quiso volver, pero ya era tarde. Siguió sus instintos hasta el próximo hueso.
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