domingo, 7 de julio de 2013

Cuentos puros: Código M




"Mañana reunión urgente. Cena en la parrillita. Código M". El mail salió multiplicado rumbo a varias casillas de correo. El grupo de la secundaria más algún otro agregado que sumó la vida había creado una especie de cofradía. En una noche de anécdotas sazonadas con alcohol, a El Gordo se le ocurrió: “Che, siempre hablamos de minas, de sus locuras, de que no las entendemos. ¿Por qué no juntamos nuestras historias, más las que escuchamos de amigos, y las vamos escribiendo, archivando y calificando como si fuera un concurso?”.
Esa noche eran cuatro más El Gordo. Tres brindaron por la idea y a los dos minutos se habían olvidado porque brindaban. Igual, siguieron brindando. Pero Juancho lo escuchó y le dijo: "Gordo, es genial. Hoy nace Código M. Eme de minas, mujeres…". "Ah, pensé que hablabas de maniáticas...". Rieron fuerte y arrastraron al auto a los borrachos que cantaban a los gritos: "Código M, cogemo' como nene’! Código M, cogemo' como nene'!".
Cinco años después, con menos pelos y más canas, el Código M era un suceso que había multiplicado historias y participantes. Se trataba de un archivo de 1493 páginas, clasificadas de tres maneras distintas para su búsqueda: nombre de autor, nombre de maniática y/o puntaje. Esos cinco jinetes del apocalipsis, domadores de noches y borracheras, eran los que puntuaban de acuerdo a su gusto y antojo. Y nadie podía protestar.
Marcelita estaba primera. Conoció al pibe en un boliche, fueron juntos a un telo de mala muerte y poca vida. "Cogimos bien, pero no genial", calificó él. A la mañana siguiente ella, desayunando en Once, con el rimel algo corrido, le dijo: "Creo que sos el amor de mi vida. Bah, no lo creo. Sos el amor de mi vida". 
Claudio tenía varias bien rankeadas. Las llevaba a su casa levemente desordenada, les tocaba algunas cancioncitas con la acústica, les ponía viejos discos de vinilo de Led Zeppelin y esperaba sus vulgares reacciones. Una le empezó a hablar de casamiento. Otra se desmayó. Todas caían en la trampa. Y Claudio ganaba por goleada en el rubro nombre de autor.
Aquella noche en la que El Gordo mandó su Código M, agregó una palabras: "Urgente". Estoicos y siguiendo al pie de la letra el reglamento que prohibía adelantarse al relato, nadie preguntó nada durante el día. La tentación era grande: El Gordo pocas veces había alimentado el ritual. Una vez dijo que una mina lo dejó porque sí. Pensó que iba a rankear alto, pero ocupa el último puesto cómodo. "Gordo, sos muy obvio. Es mujer, ¿esperabas coherencia?", le soltó Juancho. No importó nada de la lógica y la ilógica: al volver a su casa, El Gordo lloró. Mucho.
Pero esta vez fue distinto. Todos escucharon el relato de El Gordo en silencio. Incluso Pepe, carnívoro voraz, dejó de masticar y tuvo que comerse los riñoncitos fríos, un sacrilegio para sus ritos sagrados. "Salimos 4 veces. Apenas si cogimos. Ella tiene 100 problemas y 101 vicios. Le ofrecí ayuda de 102 modos. La tomó. Le gustó. Se encariño. Me dijo que yo le hacía bien, pero…". Juancho interrumpió: "Sí, Gordo, lo de siempre: muchas minas tienen esa patología que las lleva a elegir lo que les haces mal y rechazan lo que les pueda hacer bien. Seguro volvió con algún drogón. ¿Para eso tanto alboroto, pibe?". 
El Gordo tomó aire, y siguió: “No, boludo, no me interrumpas. Hoy no me interrumpas. La última salida estuvo muy bien. Ella dijo que se sentía en confianza. Sonrió más que en las anteriores. Yo pensé que el proceso de conocimiento iba algo lento, y que no sabía si me interesaba o no porque no llegaba a conocerla. Pero bueno, después de la locura que viví con mi ex, estaba muy bien así".
El Gordo hizo una pausa. Pepe aprovechó y comió cuatro riñones de un saque. Los otros apuraron vasos de vino. Sabían de qué trataba la pausa. Con las historias de su ex, El Gordo metió varios top ten juntos. No eran historias de risa, por cierto. Suspiró largo, y siguió: "Después de esa salida se borró. Apareció 4 días después. Me dijo que estábamos en algún tipo de relación y que ella no quería estar en un tipo de relación. Que por eso se alejaba, para cuidarme". Otra pausa. "A ver si entienden: ¡me enteré por teléfono que estaba en una relación, me enteré por teléfono que estaba terminando esa relación, y me enteré por teléfono que lo hacían para cuidarme, aunque yo no pedí que me cuiden y menos de esa manera!. ¿No es genial? ¿No merezco el primer puesto?".
Esta vez el comité evaluador tardó un poco más de lo habitual en dar la calificación. Después de los postres, El Gordo sumó los puntajes, promedió y protestó: "¡Ey, tacaños, no llego ni al top ten!". Juancho tomó la palabra: "Es buena historia, Gordo. Casi top ten entre miles, no seas exigente. Si para vos merecía más, quedate con eso. El valor de cada historia es el que uno le da".
De postre pidieron helado. Y se fumaron un porro.

4 comentarios:

  1. Muy bueno, me quedo con "El valor de cada historia es que uno le da"

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  2. Ay por favor, me pasó exactamente lo mismo que al gordo, casi que con las mismas palabras, pero con el sexo opuesto, asi que esa hijaputez no es solo de las mujeres! excelente entrada!

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