viernes, 18 de abril de 2014

La coleccionista de sueños



La televisión escupe historias que nadie escucha. Pero habla y habla y queda encendida en otra madrugada fría para que la soledad se vuelva compañía. Un par de zapatillas por ahí, algunas remeras por allá, algún papel de un chocolate devorado en tiempo récord y un sombrero que pide repetir salida en esa noche de glamour ambientan la escenografía. La luna, blanca, blanquísima, pide permiso para pasar por alguna hendija que deja libre la cortina baja. Un espejo que replica su bella figura pero que nada dice del potencial interior, completa la escenografía.
Hay algo más en ese monoambiente que invoca a la energía en cada centímetro cuadrado. Sobre la mesita de luz vive un cuaderno, con una birome rosa sobre él. “Mis sueños”, dice en prolija etiqueta. Allí habitan relatos nacidos en amaneceres turbulentos, cuando al despertar las imágenes de lo soñado le repiquetean en su cabeza como si la historia hubiera sido en carne y hueso, palpable, sentible.
Enroscada como un ovillo, invita a Morfeo cada noche para que le haga cucharita dulcemente. Es que ya ha tenido de esas cucharitas insípidas que pinchan el corazón como tenedores devenidos en tridentes. Tiene la esperanza que el sueño de hoy sea mejor que el de ayer. Los sueños que sueña dormida. Los sueños que sueña despierta. Porque todos soñamos más sueños despiertos que dormidos. Y con mayor intensidad.
“El fantasma”, reza el título de aquella vez que se levantó sobresaltada porque vio con claridad, a través de su ventana, una imagen espectral que subía hasta el cielo. Un escalofrío recorrió su cuerpo de marfil al día siguiente, cuando supo que había fallecido el vecino del quinto piso. O aquella vez que se despertó mirando cada rincón de su refugio buscando un cartel. Miraba y miraba. Para un lado y para otro. Hasta que  tomó conciencia de que no estaba en un subte, y de que el cartel con una estación con su nombre había quedado guardado en su inconsciente. “Mi estación”, lo título.
Tuvo pesadillas. Varias. “Sangre en el ascensor” y  “El chico contate algo” fueron sus más gráficas. Tuvo desamores de madrugadas: “Platónico” y “Sola en París” ganaron el Oscar de sus sueños. Tuvo esperanzas dormidas: “Llegar” y “Sonreír”, los dos títulos que más la conmovieron cuando al otro día tuvo que alimentar su cuaderno con nuevas historias. Hasta que llegó la mejor de todas: “Avanzar”. Abrió los ojos y vio que no había  zapatillas tiradas en el piso, ni remeras por allá, ni papeles de chocolate. Tampoco estaba el sombrero. Buscó el cuaderno, pero no había mesita de luz, ni hojas, ni birome. Estaba ella, despierta, muy despierta, parada en el medio de su vida. Mirando para adentro, tomando impulso y alimentándose de su energía. Jugando el juego de la vida con sus propias cartas. Las mejores, porque son las suyas…
Esa noche soñó el sueño más placentero en mucho tiempo. Al otro día no escribió ninguna historia. Ni siquiera tuvo que pensar el tituló. Sólo dibujó en su cuaderno una carita feliz así de grande. Asiiiiiiiiiii!

jueves, 17 de abril de 2014

93

Ya van 35 días que no sale ni en la matutina, ni vespertina, ni en la nocturna. No entiendo que está pasando. Debo estar engualichado o una de esas cosas raras que andan dando vueltas por ahí. Es la peor racha de todas, la peor. Porque aquella vez del invierno de 2003 fueron 31 días nada más. Y ahí sí, en la nocturna, el 93 a la cabeza. Al otro la invité a cenar con esos pesitos, y bueno, eso, pasó lo que pasó…
Si mañana no sale yo le juego a otro, ya lo decidí. Al 18 no, porque me trae malos recuerdos. Y eso que gané. Muchas veces gané. Pero no tenía ni ganas de ganar. Viste que a veces pasa, ¿no? Ganas y no querés ganar. Que loca es la vida, pucha. Perder y ganar. Siempre. Parece un partido de fútbol, ¿no? ¡Pucha!
Cinco veces en una semana salió el 18. Toda la semana siguiente. Cuando Juancito el agenciero vino a darme el pésame, le dije: “Jugame el 18 toda la semana. La sangre”. Después me olvidé y cuando volví a salir a la calle, Juancito me paró y me dijo: “Abel, tenes un pedazo así de guita que ganaste!” Y me abrazo fuerte. Yo no lo abracé. No tenía ganas. Hace mucho que no abrazó a nadie yo. Porque no tengo ganas. O no sé, tal vez tenga ganas. Pero no tengo a quien.
Ricardito está en Estados Unidos. Me manda plata, eso sí. Pero nada más. La última vez que vino fue hace dos años. Con sus hijos. Dos gringos los chicos. Casi no hablan castellano. Encima vinieron y descendimos. Vos podés creer esa mala suerte? Justo justo que vienen, descendimos. Los gringuitos no entendían como un viejo como yo podía llorar tanto. Claro, ellos son distintos. Son de otra forma, otro cultura. No se crían con nuestra pasión. Pasamos por un kiosco y dijeron: “Hot Dog!” Ma que Hot Dog, pancho, nene, pancho!
Ellos, los gringuitos, me miraban llorar y se reían. Tenía unas ganas de matarlos, mirá… Pero eso no fue lo peor. No, no, no, no. Ricardito también se reía! Podés creer que se reía? No aguante y le dije… Bueno, no, reconozco que le grité un poquito. “¡¡Como le hacés esto a tu padre!! ¡¡A tu padre!! ¡No te acordás cuando te llevaba a la cancha y te compraba la garrapiñada, y nos abrazábamos en los goles! ¡Sos un ingrato! ¡Un ingrato! Ni siquiera viniste al entierro de tu madre!”.
A los gringuitos no les gusto que yo haya gritado. Le dijeron algo al padre que no entendí. Jom, algo así. Ese idioma de mierda. Jom, jom. “¡Que jom ni jom!”, les grité yo. “Su padre y yo estamos hablando”. A los cinco minutos se fueron. Al otro día Ricardito me llamó por teléfono y me dijo: “Adelantamos el vuelo. Nos vamos esta noche. Me salieron unas asuntos de negocios urgentes”. Y se fueron. Ni saludaron. Se fueron Ricardito con sus dos gringuitos…
¿Vos podes creer que ni siquiera vino a darme un abrazo de despedida? Nada. Nada de nada. Ingrato! Si no fuera mi hijo no le hablo más. Pero un padre siempre perdona, porque siempre espera. Pero a veces no hace bien esperar. Esperar te mata. Yo ese día esperaba ese abrazo. Nunca llegó. Y sí, un poco me mató…
Un poco a la noche lloré. Los hombres lloran. Los machos lloramos. Así, desde el alma. Hacía mucho que no lloraba. Un poco. Pero esa noche me vinieron todas las ganas de llorar y lloré. Un poco me estaba mejor y había mejorado el corazón. Fui al doctor y le dije: “Me duele acá en el pecho y en el corazón”. Me metieron un montón de cables, de cosas raras… Pero me dijo el doctor: “Fuerte como un toro”. Y sí, soy fuerte como un toro. Siempre fui fuerte. Bueno, casi siempre.
Y el doctor también me dijo: “Amigazo, usted tiene otro dolor. Su dolor es de otra cosa. Porque no va a un psicólogo? Acá en el PAMI tenemos algunos muy buenos”. “¿Yo al psicólogo? No, no. ¡NO! Estás loco doctor que yo voy a ir a un psicólogo. No, eso es para locos, yo no estoy loco! Los que tienen problemitas van al psicólogo. Yo no tengo ese tipo de cosas raras. No me lo vuelva a decir porque me enojo”.
Y me fui… Llegué y le dije a Juancito: “Jugame al 22 a la cabeza. El loco, sí. Seguro que sale”. No salió. Como tampoco sale el 93. Hace como 35 días que no sale. Yo lo juego desde que la conocí a Ofelia. Le fui a comprar las facturas a la panadería como todos los días y era su primer día de trabajo. Tenía la sonrisa más linda de todas las sonrisas. Así de grande, y con los dientes blancos. Muy blancos. Me enamoré enseguida. Y yo de chiquito ya era un poco timbero, así que fui y me fije que número era el enamorado. El 93…
A la semana me aceptó la invitación para salir y la lleve a pasear por el Rosedal. Nunca nos separamos, hasta que… Bueno, eso… Hasta qué… Yo le dije: “Tirate el paso, Ofelia. Tirate ahora que están locos y tiran”. No sé que se quedó mirando. Siempre miraba. Y bueno, un solo balazo fue… ¡Pucha che, si me hubiera hecho caso tal vez no me dolía el pecho! Le dije “tirate, tirate al piso!” Le grité! Un solo balazo y chau. Chau su vida. Chau mi vida. Una cosita así de chiquita es una bala y termina con algo tan grande… Ya van 10 años…

Y el puto 93 que no sale hace  35 días… ¿Vos podés creer? 35 días ya! Debo estar engualichado...

lunes, 30 de diciembre de 2013

Año nuevo, vida nueva.



“No tengo nada de tres estrellas como siempre piden ustedes, chicuelos. La 214 está ocupada. Pueden subir a ver la 206 y si les gusta se quedan. Si no, se van”. Cinco minutos después, la respuesta obvia:
-No da, muy chiquita, poco aire acondicionado. Gracias amigo, pero vamos a otro lado, si?
-No hay problema, chicuelos. Ustedes son clientes. Vienen siempre. Disculpen pero estamos cerca de fin de año y se llena, je. Se ve que todos tienen ganas, no? Todos quieren pasar unas buenas fiestas. Eso, chicos, que pasen una buena fiesta. Feliz año nuevo. Con amor y respeto.
-Gracias, feliz año.
El vidrio polarizado del telo dejaba ver las dos caras de un lado, pero tapaba la del empleado. La noche siguió con todas las rutinas de siempre: la pareja en el albergue siguiente destilando sexo. El empleado en el albergue de siempre alquilando refugios para sexo.
La mañana los devolvió a sus rutinas. “Hola mi amor, mucho trabajo anoche en el telo… Me tiro un rato y después hago las compras de año nuevo”, le dijo el empleado a su esposa. Pausa y agregó: “Hoy el súper tiene buenas ofertas”.
“Hola mi amor, mucho trabajo anoche en el balance anual de la fábrica… Me tiro un rato y después vamos a hacer las compras de año nuevo”, le dijo la mujer a su esposo apenas pisó su casa. Pausa y siguió: “Pero vamos al súper de más allá que tiene mejores precios”.
El súper estallaba de gente. La pareja puso el carrito en la caja más vacía y fue a buscar las gaseosas. Cuando volvieron, otro chango estaba delante suyo. “¡Qué hacés tarado! ¿No ves que estábamos nosotros? ¡Rajá para atrás, gil o mi marido te mata a golpes!”. El hombre de unos 50 años, dueño de vozarrón inconfundible, respondió: “No señora, no los vi. Si los hubiese visto, no me habría metido. Y si se trata de ver, nunca olvido una cara. Nunca. Chicuelos…”.
No hizo falta decir nada más. Sus curvas se estremecieron de norte a sur. Pese a los 40 grados, se le congeló cada uno de sus poros. Sus pechos poderosos parecían montañas gélidas. Su boca tartamudeaba silencios. Hasta que con hilo de voz, ella le contestó:
-Perdón, señor. Perdón…
-No hay problema. Todos quieren pasar unas buenas fiestas. Eso, chicos, que pasen una buena fiesta. Feliz año nuevo. Con amor y respeto.
La habitación 214 perdió a sus mejores clientes…

domingo, 20 de octubre de 2013

El encantador de perros, Capítulo 6: Patito

Por dónde empezar. Por dónde seguir. Qué mirar para atrás. Qué esperar más adelante. Encrucijadas que el viento le soplaba al oído a Ricardo Lechuga Amuchástegui. Se sabe, el viento suele soplar esas dudas, que revolotean por el aire y caen de la nada en la vida de cualquiera de nosotros.
La cabeza iba y venía. Dudas. Certezas. Pasar los hojas del pasado y tratar de preguntarle al destino cómo están escritas las que vienen. Pero no, el destino es malo y egoísta y nunca comparte sus secretos. Tal vez, lo mejor ya pasó. Tal vez, esté por venir. Tal vez haya estado en un cine. Tal vez esté a la vuelta de la esquina.
Lechuga era amigo de los pensamientos. Pensaba y pensaba, quizá por el aburrimiento. A veces llegaba a alguna conclusión. Otras, no. Aunque se quiera, no siempre se llega. Esa noche, como tantas, eligió tomar la avenida principal del pueblo rumbo norte, hasta donde la calle se hace ruta, y la ruta se hace noche.
Era una noche de miércoles. Por el día. Por la esencia. Y cuando las piernas ya le rezongaban tanta caminata rumbo a la nada, el destino le hizo un guiño a su soledad. Cuatro patas, un hocico manchado, pelo marrón claro tirando a rubión, y unos ojos tristes de tanto andar. "Uy, no, lo que me faltaba, otro diálogo con un perro. Me voy a volver loco. No quiero más perros que me hablen".
El perro, callejero, lo miró, lo olfateó, y siguió sus pasos sin siquiera chistar. En silencio, el más absoluto silencio, caminaron un buen rato. Lechuga pegó la vuelta. El perro, de raza callejera, decidió acompañarlo. Allá, a lo lejos, el sol pedía permiso para comenzar su trabajo de todos los días. Ricardo no aguantó más y, a un costado de la ruta, se tiró en el pasto a esperar el amanecer.
-Yo también voy a tirarme un rato. Estoy cansado de andar y andar, le dijo el can.
-Dale...
-Dale...
-¿Cómo te llamás?
-Patito.
-¿Qué?
-Sí, Patito. Es una larga historia...
-Bueno, cada uno tiene el nombre que le toca. ¿Querés decirme algo antes de seguir caminando?, le preguntó Lechuga .
-Sí. Cuando se deja todo en la cancha, cuando se jugó el partido con el corazón, las jugadas lindas siempre sobreviven en la memoria. Siempre. Aunque duela la derrota del partido. 
-¿Qué? No te entiendo.
-Se lo dije al viento. El sabe soplar las palabras hacia los odios que correspondan. ¿Seguimos caminando?
-Sí, sigamos...

lunes, 14 de octubre de 2013

El encantador de perros, Capítulo 5. Zoo.

Perros. Gatos. La gran ciudad se divide en perros y gatos. Ellos se acomodan a sus dueños o vagabundean por las calles. Quien sabe cuales serán más felices. Seguramente, los que pasean con cadena enviadarán la libertad de los que andan sueltos en la calle. Seguramente, los sueltos enviadarán a los que tienen siempre un plato de comida caliente cuando la panza cruje. Los hombres siempre quieren lo que no tienen. Los perros y los gatos, es posible que también.
Perros. Las ciudades chicas, los pueblos perdidos en el tiempo, son dominados por los perros. En la estación de micro, donde van y vienen almas que buscan destinos perdidos, siempre hay perros que ladran las partidas y mueven la cola en las llegadas. Como dando bienvenidas; como chumbando las partidas.
Ricardo Amuchástegui quería alejarse de los ladridos. Tenía un don y ese don lo atormentaba. Las virtudes no son tales sino se las sabe aprovechar. Y, a veces, se corre el riesgo de que se produzca una metamorfosis y se conviertan en defectos. Lechuga no sabía que hacer con ese don de entender el significado del guau. Hasta que una noche, pensando en la nada mientras miraba la trasnoche de Animal Planet, pensó: "¿Serán solo los perros?".
Al día siguiente, bien temprano, fue a la Terminal. Se puso tapones en los oídos para no escuchar los ladridos. Pidió un boleto para la capital, de ahí tomó un colectivo derecho de Retiro al Zoo, compró el pasaporte e ingresó. Primero los patos, después los osos, los elefantes, los leones, los monos, las jirafas. Cada animal emitía su sonido, y Ricardo lo escuchaba como si fuera música de la más bella naturaleza. No había nada más que eso, el ruido. O el silencio. A veces el ruido es silencio. A veces el silencio es ruido.
Llegó a la puerta de Libertador tras recorrer todo el predio. Feliz, encaró directo a la salida. Suspiró y se dijo: misión cumplida. Su don (o no don) se reducía solo a los perros. Cruzó la reja y justo, en ese instante, pasó por delante suyo un paseador de perros con 20 riendas.
El miedo invadió el cuerpo de Lechuga. Fue un momento que duró una eternidad, con la tensión de los momentos que duran eternidades. Los perros pasaron en silencio. Ricardo reaccionó de dos maneras. Primero río con alivio. Luego, se preguntó: "¿Por qué no habrán ladrado? ¿Me tendrán miedo ellos a mí porque saben que los entiendo?".
Corrió a Retiro, sacó el primer pasaje para su pueblito querido, llegó a la estación, bajó sin tapones en los oídos y suspiró aliviado cuando un perro sin raza le ladraba y le decía: "Bienvenido a casa".

martes, 8 de octubre de 2013

El encantador de Perros: Capitulo 4. El Mudo.

"Todos los hombres tenemos dudas. Siempre. No es malo tener dudas, porque lo bueno es que permiten encontrar respuestas". Una madrugada perdida en el bar del pueblo, papá Cebolla le había dejado esas palabras grabadas en el oído a su hijo Ricardo Lechuga Amuchástegui. Eran tiempos donde la adolescencia no quería irse, pero el hombre que llevaba dentro inevitablemente le golpeaba la puerta con ímpetu.
Desde ese día, Ricardo no le teme a las dudas. Es más: las respeta. El proceso es sistemático: aparecen, las enfrenta, se libra una pulseada fervorosa y, por último, llega la idea que triunfa. Entonces, Ricardo se siente liberado. Mamá Tomate ya conoce su sonrisa aliviadora después de esa rutina. "Ganaste", le dice cuando percibe que Ricardo logró resolver alguna encrucijada de esas que se enroscan en el alma y no encuentran la salida del laberinto.
Pero esta vez, la duda lo carcomía más que nunca. "¿Puedo entender lo que me dicen los perros? ¿Cómo es que comprendo cuando me dicen guau? ¿Será fantasía? ¿Será realidad? ¿Seré un genio o me estaré volviendo loco? ¿O las dos cosas?". Las preguntas brotaban como agua de cascada y quedaban estancadas abajo, en el arroyo interior que no lleva a ninguna parte.
Ricardo necesitaba compartir su realidad, pero no encontraba con quien. Sus amigos no lo entenderían. Sus padres menos. Pensó en un psicólogo, pero recordó que el espcialista del pueblo de al lado tiene un perro: un pit-bull llamado Freud, con cara de malo y ladrido furioso. "A ver si voy y el perro me analiza con un simple guau", pensó. Idea descartada.
Entonces recordó a su ex compañero de secundaria, el Mudo Gomas. En dos años nadie le conoció la voz en el curso. Por eso lo llamaban mudo. Hasta que un día, cuando terminaba segundo año, en una fiesta de 15, sorprendió a todos. El disc-jockey hizo un silencio inoportuno justo cuando el Mudo le decía a Ricardo: "Viste que gomas tiene la prima de la del cumpleaños. Que gomas. ¡Que gomas!".
El Mudo vivía en las afueras del pueblo, en una casita a unos 300 metros de la ruta, a la que se llegaba por un camino de tierra y piedras, solo caminando. Quien sabe porqué, a Ricardo le gustaba visitarlo de vez en cuando. Bah, en realidad, es sabido porque: le gustaba sentirse escuchado. Y eso es lo mejor que hacía el Mudo: escuchar.
-Mudito, tengo un problema. Puedo entender lo que me dicen los perros. En serio, comprendo cuando me dicen guau.
El Mudo no reía. Nunca. Pero esa vez, no aguantó y lanzó una carcajada.
-No seas boludo, ayudame. No sé que hacer.
El Mudo seguía riendo. Cuando paró, cinco minutos después, le dijo: "A ver, hagamos una prueba". Lanzó un chiflido al viento y rápido apareció Bernardo, su boxer. "Bernardo, decile algo al amigo Lechuga", le pidió el Mudo a su perro. Siguieron dos ladridos cortos y uno largo.
-A ver, ¿qué dijo?, inquirió el Mudo.
-Me pidió algo.
-No me digas, en serio.
-Sí.
-¿Qué te pidió?
-Que te diga algo.
-¿Qué cosa?
-Que te diga que dejes de llorar por las noches, que esta vida no es vida así. Que hagas cosas que te gusten, que pruebes, que intentes, que salgas, que te ciagas y te levantes.
El Mudo se puso a llorar desconsoladamente. Ricardo le dio un abrazo y se fue despacito por el camino de tierra. A los pocos metros, Bernando ladró. "Dice que tiene hambre, Mudo". Y siguió hasta la ruta con las dudas todavía sin resolver.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El encantador de perros, Capítulo 3 (Río)

Al sur, unos 5 kilómetros por un camino agreste, el río del pueblo contagia una sabia mansedumbre. Sólo se escucha el ruido del agua que juguetea con las piedritas que forman su escenografía. De vez en cuando, algún pájaro inoportuno interrumpe esa melodía para trinarle palabras al viento. Y nada más. La más absoluta de las nadas. O el todo, según como se mire...
Ricardo se había hecho amigo de ese espacio desde muy chico. Fue una tarde, cuando estaba por terminar la primaria, que descubrió ese paraíso. Desde entonces, es su paraíso. Llegó deambulando, caminando sin rumbo y sin sentido, masticando la derrota por su primera derrota amorosa. La Chiqui era la más linda del grado. Aquel día de la llegada de la primavera, perfumado y engominado, le regaló un chocolate con dedicatoria. "Gracias", dijo la agraciada niña, y lo guardó en el bolsillo derecho. De inmediato, sacó del bolsillo izquierdo otro chocolate, mucho más grande, relleno de dulce de leche, con agregados de fruta. Tenía la firma de Nahuel. La Chiqui lo abrió, le dio un mordisco y se fue con el otro compañero. Desde ese momento, Ricardo se autoconvenció que las mujeres eligen primero tamaño y cantidades. "Son tus primeras lágrimas por una mujer. Ya tendrás muchas más", le aventuró ese 21 de septiembre mamá Tomate. "Nunca entenderás el universo femenino. No importa, hay que disfrutarlo, no entenderlo", le aconsejó papá Cebolla.
Dos décadas después, el río lo abrazaba igual que aquella vez. Le ofrecía lo mejor de sí y no le pedía nada a cambio. Cuando el alma aprieta, Ricardo Lechuga Amuchástegui se tira siempre a la sombre del mismo árbol. En su tronco, anotaba los nombres de todas sus fracasos amorosos. A veces le daba vergüenza relojear tantos fracasos. Se tapaba el ojo izquierdo y con el derecho pispeaba la lista. La secuencia se repetía como un calco: paulatinamente alejaba las manos de su rostro, y sus dos pupilas se clavaban en esos nombres. Muchos nombres. Y se decía en voz baja: "Para ganar hay que aprender". Después, tomaba fuerza, y elevaba el tono. "Para ganar hay que aprender". Hasta que su voz se volvía grito: "PARA GANAR HAY QUE APRENDER".
"Guau, guau, guau". Lechuga se asustó. Su ritual solitario y secreto de tantos años se había interrumpido por primera vez. Un coker marrón, de orejas largas y pelos revueltos, contemplaba la escena. El perro miraba al hombre. El hombre miraba al perro. "Guau, guau", ladró el animal nuevamente, con un sonido más potente. Ricardo, ya menos sorprendido por su nueva poder de entender el idioma canino, se apiadó del cocker y le dijo: "Uy, es triste lo que me contás. Uno a veces piensa que está mal pero solo necesita un empuje del viento. Este es mi lugar, mi paraíso, acá vengo a que el viento me empuje. Caminemos río abajo, que hay más paraíso".
Juntos eligieron ese camino. Lo recorrieron en silencio, sin necesidad de palabras. Estaba todo dicho. Parecía que llegarían hasta el océano. Hasta que, de la nada, apareció una chihuahua y el cocker movió la cola y se fue a olerla. Ricardo sonrió y siguió solo. El perro ladró. Lechuga le contestó: "No, gracias a vos y hasta siempre".

viernes, 27 de septiembre de 2013

El encantador de perros 2: La Gordita

Ricardo Lechuga Amuchástegui conoce como la palma de sus manos las calles del pueblo donde vive. Todas y cada una de las esquinas. Los negocios. Las sombras y los soles. Los pisos, los cielos y las lluvias. Y las caras... Tantas caras. Tantas historias con rostros poblados de pasado.
Alguna vez Jorge, un primo lejano de Buenos Aires al que apodaban Rabanito, le cuestionó el estilo de vida en un lugar donde todos pero todos se conocen. “¿Qué privacidad podés tener si a cada paso tenés que saludar a alguien?”, le espetó Rabanito. Ricardo nunca se define: a veces ama vivir en su pueblo y lo siente su lugar en el mundo. Otras ansía con volar lejos, muy lejos, para empezar de cero en un lugar donde no conozca absolutamente a nadie.
Ese amanecer, aun con el rostro algo ensangrentado por la corrida nocturna, y tras tomar un camino distinto al de los dos perros ovejeros, recorrió y recorrió por las calles en las que tantas zapatillas había gastado de chico, de adolescente, de joven... Se limpió un poca la cara en el baño en la estación de servicio de la ruta, y volvió a su casa, del otro lado del pueblo. Tenía certezas y dudas por igual, una ecuación que nunca puede ser sana.
Siguieron días inquietos y de preguntas. Soño una y mil veces con la Emilse, la damita que se le metía en los sueños sin pedir permiso. Soñó alguna vez con el padre de la Emilse, el comisario, que también se introducía en sus sueños de manera intempestiva, violenta y amenazante. "¿Cuándo la ciencia inventará algo para sólo soñar sueños lindos?", se preguntaba siempre. "Si la vida fuese hecha de rosas sin espinas, no podríamos valorar realmente el aroma de la flor", le dijo alguna vez Cebolla, su padre. "De los sueños feos también se aprende", fue la enseñanza de Tomate, su madre.
Pero más allá de los sueños dormidos, Lechuga pasó muchas horas de esos días desvelado por el episodio que vivió con los ovejeros. Sus ladridos, y sus mensajes. Fantasía o realidad. Se convencía que no podía ser, que seguro había sido el efecto del golpe en la cabeza que le provocó alguna alucinación. Igualmente, cada vez que se cruzaba con un perro, lo miraba fijo a los ojos esperando una señal. Un gesto. Algún indicio. Pero las señales no llegan cuando se las busca, sino que, caprichosas, aparecen de la forma más inesperada.
"Chau Rosita", saludó esa mañana otoñal a la gordita de la esquina, la hija del verdulero, que baldeaba la vereda como cada día de su monótona vida. "Chau Ricardito", respondió con su tono meloso, ciertamente dulzón. Unos metros más allá, Simón, el perro de la señora González, un Jack Russell simpático como todos los Jack Russell, contempló la escena. Cuando Lechuga pasó frente a él, le ladró varias veces mientras movía el rabito y le tironeaba la correa a su dueña.
Ricardo se puso blanco. Dio vuelta y miró a Simón. El perro le mantuvo la mirada fija. La señora González, siempre inoportuna, interumpió el contacto: "Buen día vecino". Simón volvió a ladrar. Ahora fueron tres veces. Ricardo entendió cada letra de ese triple Guau: "Boludo, la gordita está muerta con vos". "¿Te parece?", le respondió Lechuga. "¿Si me parece que cosa?", se metió la señora González. "Sí, seguro. Yo que vos le tiró los perros", ladró Simón. Después tomó su pelotita de tenis del piso y se metió en la casa. Antes de entrar, giró y miró por última vez a Ricardo. "Creo que el perro me guiñó un ojo", se quedó pensando...

sábado, 21 de septiembre de 2013

El encantador de perros, Capítulo 1


Sólo la luna iluminaba esa noche oscura, tenebrosa, digna de la mejor película de terror. En el campo, apenas se veía un lejano reflejo de los autos que destellaban allá, en la ruta, algunos kilómetros al sur. Al norte, se divisaba el rancho de los Gómez por el foco que dejan prendido en la puerta de la tranquera. El resto era la nada misma. Nada.
En el medio del pasto, tirado, con un hilo de sangre corriendo por su frente y un pedazo de bosta de vaca a centímetros de su cara, Ricardo Lechuga Amuchástegui duerme. En los últimos cinco minutos corrió y corrió por la noche oscura, hasta caer desmayado. Dos ovejeros alemanes que lo persiguieron desde la casa de los Gómez fueron testigos tranco a tranco de esa carrera desenfrenada. Lechuga estaba escapando de la muerte. Y también escapaba de sí mismo.
En las horas anteriores a esa corrida que derivó en el desmayo, Lechuga volvió a equivocarse de camino. "El destino pone siempre a optar por dos caminos, sólo es cuestión de saber elegir", le dijo una vez su padre, a quien apodaban en el pueblo Cebolla, porque de tan feo hacía llorar. El problema es que Ricardo, que odiaba que le digan Ricky, elegía generalmente mal. "Si no es esta, será la otra. La vida siempre da nuevas oportunidades", le repetía su madre, apodada Tomate porque era pelirroja, cuando veía a su único hijo con lágrimas en sus mejillas por un nuevo desengaño amoroso.
Algunos coleccionan estampillas. Otros, recuerdos de viajes. También hay quien guarda billetes de varios países. Lechuga coleccionaba revistas deportivas y fracasos con mujeres. Tenía una colección muy grande de cada una. Recorría esas páginas de viejos goles de su querido San Lorenzo y se emocionaba. Recorría las páginas donde anotaba las historias de amores muertos antes de nacer, y quien sabe porque, pero también se emocionaba. Será por su condición de fiel escucha de Sabina que se le pegó hasta el alma eso de "no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió". Es que a Ricardo un vistazo le sobraba para sentirse enamorado. Y esos segundos duraban eternidades de felicidades. No hay medida de tiempo para los momentos felices; sólo se viven.
Lo cierto es que esta vez, antes de la corrida y antes del desmayo, Ricardo siguió sus instintos e intentó un nuevo acercamiento con la Emilse, una rubiecita de ojos color cielo, cara tierna y mirada triste, que parecía sacada de un cuento de hadas. "Parece sacada de un cuento de hadas", le dijo alguna vez a su amigo El cabezón Andrés, al que a veces llamaban Zapallo. "No es para vos. Primero, no te va a dar bola. Segundo, es la hija del comisario. ¡Te va a cagar a tiros! Andá por otro lado".
No le hizo caso. En realidad, fue la caprichosa moneda: salió cara y eso significaba que tenía que tomar el camino del intento para llegar hasta la Emilse. En realidad salió ceca, pero Lechuga se mintió a sí mismo y dio vuelta la moneda, mientras le guiñó un ojo al espejo cómplice. Lo que siguió fue una caminata hasta las afuera del pueblo, donde viven los Gómez. Después continuó con una piedrita en la ventana de la rubia de ojos color cielo, un ruido molesto y sospechoso para el comisario, y una amenaza del oficial, escopeta en mano, cuando se asomó por la puerta y lo vio a Ricardo, con impecable peinado a la gomina, con otra piedrita en la mano: "Tenés 20 segundos para desaparecer de mi vista".
Lechuga corrió más que ese puñado de segundos. Los perros del comisario lo acompañaron en su huida frenética, con la adrenalina recorriendo su frente, justo por donde ahora la sangre manda y gobierna después de la abrupta caída. Por un largo rato, los ovejeros lo lamieron para despertarlo. Los lengüetazos lo volvieron en sí. De a poco recobró la conciencia y sus salvadores le dieron la bienvenida a la nueva vida con una serie de ladridos. Lechuga los escuchó y, de golpe, abrió rápidamente los ojos. Miró para un lado, y nada. Al otro, y nada. A lo lejos, lucecitas. Ricardo no entendía de donde venía la voz grave que le decía: "Pelotudo, ella no es para vos". Otra, menos gruesa, le recriminaba: "¿Cómo vas a tirarle piedritas en la ventana? ¡Bobo!".
Ricardo se frotó los ojos, se rascó los oídos con fuerza y se dio cuenta lo que sucedía: las voces eran de los perros. ¡Entendía que significaba guau! De repente, los perros se callaron. Lechuga los miró y les dijo: "Ya me parecía que estaba alucinando". La noche se hizo más amiga del silencio, hasta que el perro de ladrido más grueso le clavó los ojos y le contestó: "Guau, guau, guau". Ricardo no podía creerlo. El ovejero le preguntaba: "¿Te vas a quedar toda la noche ahí tirado?". Lechuga se paró y, con una alpargata menos, comenzó a caminar con la Luna iluminando sus pasos, con los perros listos para seguirlo y respondió: "Vamos para allá".

sábado, 14 de septiembre de 2013

Hotelandia

Cuatro décadas atrás, a 100 kilómetros al norte de la capital, se fundó Hotelandia. El paisaje era inmejorable, con las sierras rodeando todo, hacia cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Para acá, un río caudaloso. Para allá, una cascada briosa, feliz de regar todo con su fruto hasta desembocar en un laguito de plácida agua tibia.
La ruta ya había dejado de ser un problema. El viejo camino rocoso, casi intransitable, se asfaltó al tiempito del nacimiento. El progreso y el éxito del proyecto hicieron que en pocos años el gobierno de turno asfaltara el camino. El micro que dejaba a los visitantes a cinco kilómetros sin poder avanzar más por la espesa vegetación, llegaba ahora hasta la estación de la ciudad. Hubo un almacén, después tres, y ahora gobierna un súper chino. Y negocios, y bares, y restaurantes, y hasta una modesta pero digna sala de cine. El último estreno fue Batman, con 80 personas en la sala, 20 asientos libres y ningún incidente reportado.
El progreso había sorprendido a los fundadores de Hotelandia. Algunos acompañaron el progreso de la villa desde el primer día hasta hoy. Otros dejaron a las próximas generaciones seguir las huellas. Ya no eran aquellos jóvenes pujantes. Se habían convertido en estos viejos que miraban la vida pasar, esperando nada y todo. El tiempo pasa, y en una mano ofrece todo y en la otra nada. El secreto es saber elegir...
Cuatro décadas atrás, tres jóvenes rebeldes se cansaron de todo y concordaron empezar de cero. Decidieron fundar la ciudad de los hoteles temáticos. Eran tres, para empezar, aunque le siguieron muchos más que fueron mimetizándose con las necesidades de los tiempos. El último es el hotel Caniggia: es furor entre quienes el estrés los golpeó y necesitan desenchufarse y poner su cabeza en blanco una semana. También está el hotel político, construido en tiempo récord con dudosos fondos: todos mienten. Si el conserje dice que el hotel está lleno, entonces está vacío. Para la cena, al que pide milanesa lo entienden y le traen ñoquis. Pero está por cerrar: evasión impositiva, otra mentira.
La vida ha llevado a los entusiastas fundadores por distintos caminos, hasta volver a reencontrarlos este miércoles de primavera, con un asado en el medio de la nada, para festejar los 40 años de Hotelandia. "¿Te acordás el que quiso hacer el hotel temático del dulce de leche y lo tuvo que cerrar por invasión de bichos?", recordaban riendo entre anécdotas. "¿Y el que hizo el hotel temático punk y se lo destruyeron los huéspedes en dos días?".
Palabra va, palabra viene, las palabras siempre terminan apuntando a uno, como dardos cargados con el veneno de la verdad. Confesión va, confesión viene, las confesiones siempre desnudan a las personas, pero después dejan el alma sin pesos, sin presiones, sin más estigma que el de la libertad.
El dueño del hotel del amor cuenta: "Me fue bien. Pude vivir, darme gustos, trabajo nunca faltó y según mis estadísticas mantuve un 75% de ocupación en todos los años. Pero tuve que asesorarme todo el tiempo, muchos consejeros, muchos balances altos y bajos. Es lindo, estoy contento, pero el esfuerzo es agotador".
El dueño del hotel de la moda narra: "Yo tuve épocas de cinco hoteles, otras en las que tuve sólo el inicial. Fue y vino. Mucha inversión, ustedes saben. Que la ropa así y al año siguiente no se usa. Que el paddle y al año siguiente no más paddle. Que los videoclubs. Que Lady Gaga. Que la militancia... Ustedes conocen cómo somos las personas: nos dejamos llevar como un rebaño sin saber nunca quien es el pastor que baja las órdenes. Eso es lo que menos importa. La clave es ser parte del rebaño y seguir".
Hubo un silencio. La mesa ya estaba servida. Las achuras a punto, las ensaladas bien condimentadas, a la carne le faltaba un poquitín. En el aire, sólo el sonido de los pájaros. "Te toca, che". El dueño del hotel de los corazones rotos, introspectivo, como siempre, sabía que tenía que dar la receta de su éxito: una cadena en todo el mundo con 100 franquicias, la última en Punta Cana.
-¿Y che? ¡Contá!. 
-Nada, que se yo. Un par de blues siempre sonando, alguna película de esas de llorar en la TV y nunca fotos de mujeres en las paredes. Mi hotel es solo para hombres. Por eso es un éxito. Son mejores clientes. Más duraderos. Más fieles.
-Pero che, sólo con eso no podés hacerte millonario.
-Es cierto. Tal vez la clave, entonces, sea que nunca busque la fórmula mágica. Seguí el instinto, seguí la vida. Fue un negocio de sentimientos. Y nunca se rompió.

domingo, 8 de septiembre de 2013

De silencios y palabras

En la mesa, dos cadáveres: el de una tira de asado y el esqueleto de una pata de pollo. Además, dos papás fritas sobrevivientes y los restos de un tomate ignorado, perdedor ante la lechuga y la cebolla. En la mesa, la estela de las palabras dichas con gusto a derrota.
-Tenés que olvidarla. Ya van nueve meses. La vida sigue.
-No puedo. La pienso todo el tiempo. Es el amor de mi vida...
-No, la idealizás. Mucho. Demasiado. Ni siquiera vivieron juntos. Nunca. Hay que seguir. Tenés que salir.
En la mesa, siete días vividos y malgastados y una charla repetida. De nuevo, un puñadito de fideos despreciados y, enfrente, en el otro plato, las migas de pan cómplices de los ñoquis a la bolognesa que ya no están. Y, las palabras, siempre las palabras que, de tan repetitivas, aburren.
-Estás siempre parado en el mismo lugar. Peor: en vez de avanzar, retrocedés.
-Es la mujer de mi vida. Lo se...
No valía la pena insistir. Mejor el silencio como toda respuesta negativa. Hay silencios que dicen todo. Más que mil palabras que nunca enderezaron ni enderezarán el desamor de una historia de pasión nacida para ser así, torcida y desviada. Fue un verano de juventud, apasionado e infinito. Con promesas de mil y una noches, de mil y una vidas juntos. Hasta que los pedazos de ese sueño roto se desparramaron por el piso.
El azar hizo el resto. Ya de grandes, señora y señor de cuatro décadas, el destino se burló del recuerdo y los puso de nuevo frente a frente. Un subte perdido y un recuerdo encontrado en el vagón siguiente. Unos segundos de miradas. Varios minutos de abrazos y besos.
Lo que siguió fue todo muy rápido: amantes a escondidas y proyectos a contramano. Si de jóvenes sus vidas iban por veredas distintas, ahora directamente no coincidían ni en la misma calle. Pero el amor es tuerto y el enamoramiento es ciego. El vio lo que quiso ver y no vio lo que la venda de sus ojos le impedía. Se quedó en el pasado y en los sueños soñados. Y se olvidó de que enfrente estaba una mujer casada, con una hija recién adoptada, y con un corazón clínicamente lastimado que latía cada día con menos fuerza.
Ella vio lo que quiso ver y vio una vida imposible de desenredar. No había hilo suficiente como para tejer una nueva. Entonces, cortó por lo sano: "Adiós y buena suerte, hasta el próximo subte". Se fue. Se calló todas las palabras del teléfono y del mail. Ni una respuesta al celular mudo. Desapareció de todos lados, menos de su cabeza.
"No entendés, nunca me vas a entender. Es el amor de mi vida, no importa nada más”, repitó por enésima vez antes de aquel viaje laboral. En el plato, no quedaba ni una pizca de la milanesa napolitana. "A la vuelta, asado. Y a la vuelta, salimos a un cabaret. O al cine aunque sea", se le retrucó buscando quebrar la muñeca en la pulseada de su alma.
Hubo silencio. Un silencio que hablaba. Latía. Gritaba. El mismo silencio que, a la vuelta, con el asado frustrado, fue el dueño del mundo cuando se escuchó del otro lado de la línea teléfonica: "Murió ayer. Me avisó la madre. Y yo estaba afuera. No la veía hace meses. Ni siquiera pude despedirla. Se fue. Se me fue el amor de mi vida".
No valía la pena insistir. Mejor el silencio como toda respuesta afirmativa.

martes, 3 de septiembre de 2013

Pochoclito

"Perfecto. Una excelente afeitada".
Al fin, después de cuatro meses, el miércoles iba a tener su primera salida en esta nueva etapa de soltero. Parece que la gordita de la vuelta dijo que sí. "Se hizo rogar la guachita. Eso tienen las minas. Saben mejor que nosotros cuando apretar el acelerador y cuando poner el freno. Nos manejan a su antojo", se decía mientras se miraba al espejo y se pasaba la mano por su rostro de aquí para allá, buscando algún pelo rebelde que se haya negado a salir apegado al rubor de la mejilla, el mentón o algún otro recoveco de la cara.
En realidad había una alta probabilidad, pero ninguna confirmación. Lo de la gordita, ese tema. Ya había suspendido dos veces. O era tímida, o no tenía la menor intención pero no quería lastimar con un no. Buenita la gordita...
Por las dudas había que estar listo. Y eso significa el mejor look posible, es decir, con barba de cuatro noches. "Hoy es sábado a la noche. Viene domingo, lunes, martes y miércoles. Perfecto", enumeraba mientras se esparcía la colonia y quedaba perfumadito y con olor rico, listo para ir a dormir. "Hoy es sábado a la noche", se repitió y, de inmediato, vio como ese ser que habita en el espejo, tan parecido a él, tan distinto a él, le hacía una mueca de resignación. "Hoy es sábado a la noche", se repitió. Y el gesto en el vidrio ya estaba desfigurado...
La remera de siempre, el pantalón de siempre, el colectivo de siempre, la fila del cine de siempre, y la pregunta de siempre de la vendedora: 
-¿Alguna promoción? ¿Quiere el súper combo de pochoclos y nachos? ¿O los chupetines nuevos con la imagen de los animalitos de Madagascar?
-No, gracias. Pero tengo dos por uno en entradas.
-Pero usted está solo, señor.
-Pero tengo dos por uno.
-Pero usted está solo, SEÑOR.
-¡Pero tengo dos por uno!
-¡Sí, pero usted está solo!
-No, nena. En la vereda hay una viejita que mira para adentro del Shopping. Tiene sueños en los ojos. Sueños de compañía, de que alguien le diga hola. De dejar de ser una estatua que nadie mira mientras su corazón se apaga cada día un poquitín más. Dame el dos por uno, por favor, nena.
La viejita miró la entrada una y otra vez. "Es de verdad, abuela". "Hace no sé cuantos años que no voy al cine, querido. La última fue Chicago, en 2003. Ganó el Oscar, ¿sabías querido?". "Sí, abuela, pero hoy quiero estar un poquito solo, la próxima la invito y hablamos más, ¿sí? Venga, subamos juntos, es por acá".
Le regaló el paquete más grande de pochoclos, aunque la abuela le haya divertido que le daban "gasecitos". Mitad arrepentido, mitad encantado, pensó en retomar la charla con la abuela. "¿Tiene niet...?". Esa letra O nunca salió de su boca. Murió sin ninguna explicación. También la ese. Bajando las escaleras, justo cuatro filas delante, una pareja se mimaba y besaba con ternura. De esos besos primerizos que parecen pedir permiso, con lenguas que quieren ser conquistadoras de universos ajenos, aunque todavía se muestran extranjeras del territorio que desean exploran de punta a punta. Chocan, se golpean, pero aun no se entrelazan.
-Cinco nietos. Dos, dos y uno. Dos de mi hija mayor, que es abogada. Dos del del medio, que es médico. Una del más chico, el músico, que es un tiro al aire pero parece que encontró una chica que lo encarriló. Pero los veo poco, porque mis hijos viven lejos y ellos no vienen y yo puedo moverme poco, ¿viste? Me cuesta caminar. Lástima mi marido, que murió apenas nació la nieta mayor. Un ataque al corazón, querido. Así, de un momento a otro. Muchas preocupaciones que no sirven para nada. Como vos, que estás preocupado por esa chica de adelante. ¿Querés pochoclito? No comiste ni uno...
-No, gracias. Tengo dos muelas con caries y el pochoc... Espere, abuela, ¿qué chica de adelante?
-Esa que mirás ahí, en la fila de adelante, querido. Esa que está besando a ese otro señor, justo ahora. Esa, esa misma. Esa que te hace humedecer los ojos. ¿Querés un pañuelo?
-No, no. Gracias.
-¿Hace cuánto, querido?
-Unos pocos meses.
-¿La extrañás mucho?
-A veces. Vio como es esto, abuela: la soledad trae recuerdos, los recuerdos traen nostalgia, la nostalgia trae tristeza, y la tristeza trae soledad. Es cíciclo. Y también verla así, tan, tan... Así, tan... Siento bronquita, ¿sabe? Ella decía que iba a tardar años en tener otro. Yo le decía que al revés, que habrá miles de buitres revoloteando por su nido. Las mujeres eligen, pero los buitres vuelan. Y yo nunca fui buitre, ni aguila. Tengo el doctorado de pichón en esta vida, abuela.
-Ah, sí, entiendo. Ayer vi un documental de ese canal de bichos raros, ese Animal Planet. Se aprende mucho, ¿viste? Los animales no se complican tanto. Eso es mejor. Uy, empieza la película, querido. Espero que no sea de llorar porque si no nos vas a ahogar a todos vos.
Era de llorar, pero nadie se ahogó. "Hiciste bien en ponerte esa revista en la cara cuando pasó la chica de la mano de ese tipo. Mejor no ver. Los ojos son asesinos del propio corazón. Yo soy medio miope, querido. Veo lo que puedo. Y aprendí a ver lo que quiero. Y ahora vamos yendo. Agarrame del brazo que me caigo, no puedo caminar bien. El reuma. Pero igual vos quedate tranquilo, el sábado a la noche voy a estar en el mismo lugar, si querés, y me invitás de nuevo. Mirá, sobró un poquito de pochoclito, ¿querés?”.